Grandes lecciones de “Cadena de favores”

Doy por sentado que la película, o la historia, la conocéis. De no ser así, dedicarle unos minutos de vuestra vida. Merece la pena. Es una original manera, nacida de un joven alumno, de responder a la pregunta que un profesor le hizo en clase.

De todas maneras, lo mío es reflexionar sobre lo que enseña. O lo que yo he podido aprender del hombre a partir de la película. La he visto, dicho sea de paso, unas cuántas veces. La primera vez “me la pusieron” en el contexto de un fin de semana amplio. Después me han repetido aquello a base de fragmentos. Nadie volvió a usar la película completa conmigo. Con el recuerdo de lo esencial era suficiente. Y yo, a su vez, he hecho lo propio con otros. También he proyectado la película completa o fragmentos, según las circunstancias.

Ahí van mis conclusiones:

  1. La propuesta es excelente. Sencilla, comprensible, directa, práctica. Implica a muchos, contagia. Provoca viralidad, corresponsabilidad entre unos y otros. Una vez puesta en marcha parece no tener freno.
  2. No basta con ver la película y aplaudir la idea. Esto ya lo he hecho. De nada ha servido. Complace un rato y poco más. Es más, diría que hemos hecho inútil la genialidad de uno de los nuestros, de uno de los más pequeños. Conocemos demasiadas cosas que luego en nada nos implican ni afectan. Nos hacen aplaudir o llorar, pero luego nos sacudimos la sonrisa o limpiamos las lágrimas para que todo siga como está.
  3. Todo tiene una causa y una consecuencia. Sin embargo, la libertad no atiende a las causas. Es decir, no “viene de algo” ni está “determinada”. La libertad es el único acto que se enfrenta a la necesidad en cualquier forma que se presente. En la película se establece una “cadena de necesidad” que compromete la libertad verdadera libertad de las personas. Mejor sería, a mi entender, comprender la cadena como una “cadena de agradecimientos”. La gratitud sí es libre, y megalómana.
  4. El efecto multiplicador del bien. Contra la relación proporcional 1:1, la película, y el bien mismo nos invita a pegarnos a él y a repertir el contagio, a gozar de su actuación. Repetir nos lleva a comprender un poco más cómo es, qué sucede, qué depara, a dónde nos lleva. No sólo a firjarnos en el otro, y su sonrisa, sino en nosotros mismos. Su efecto multiplicador y su desproporción me alegra enormemente. Creo que, si bien hasta la tercera acción formamos parte de la cadena como “atados a ella”, más allá de ese momento nos convertirmos en creadores. Se verá qué ha sucedido en nuestra propia vida y qué esperamos, si es que esperamos y deseamos todavía algo.
  5. Busca algo más que “satisfacer”, son acciones de no retorno. Me gusta eso de que no se pueda devolver. Que sea en verdad un regalo. Por fin se comprende la verdadera esencia de la gratuidad, que no quiere que le devuelvan nada de lo que entrega. Supone un sublime modo de lucha contra el egoísmo.
  6. Debemos explicar el sentido de nuestros actos. En el mundo suceden muchas cosas cuyo significado no se ve. Están ahí aireadas para que cualquiera les pueda dar el sentido que quiera, independientemente de su verdad e intimidad. El corazón de la acción necesita ser narrado, porque es el corazón del hombre, su intención, lo divino que sucede en cada acto. Cuando hablamos desvelamos qué es aquello que deseamos encarnar y hacer realidad.
  7. Y, añado al final, el poder de la educación y sus preguntas, con su efecto en el que es inocente y confía.

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