No hace falta ser un sabio para llegar a grandes verdades

Nos falta tiempo e interioridad, y sobran prisas y superficialidades, para examinarnos en profundidad a nosotros mismos y descubrir de qué verdades vivimos, sobre qué apoyamos y en qué confiamos radicalmente nuestra existencia. Dicho sin rimbombancias, se trata de afrontar la pregunta: ¿En qué crees realmente? Y diferenciarla bien de la pregunta: ¿En qué digo que creo? Porque no siempre lo que se dice es la verdad, tristemente. Al menos aquello que se dice con los labios, con las ideas, e incluso con los sentimientos. Se trata de mirar a la cara la vida que primeramente más nos interesa del mundo, la pregunta por nosotros mismos, la puerta de acceso a la vida del mundo y a la vida en la que nos encontramos con los otros.

Algunos podrían decir que ellos no creen en nada. Y serían los más engañados de todos los hombres. Pero es tema que, pese a poder ser afrontado con cierta brevedad, no me corresponde ahora. Todos creen. Nadie se apoya realmente en certezas. Porque no hay certezas para lo que nos importa últimamente.

Al mirarnos con verdad a nosotros mismos podremos ver, con mucha claridad además, que hemos llegado a grandes verdades al modo como grandes sabios han llegado a ellas. Y que probablemente las hemos adquirido sin mucha reflexión, con cierto peligro, confiando y fiándome de otros. O a través de una experiencia de vida contundente, de algún acontecimiento, en el sentido estricto de la palabra acontecimiento, de lo que nos superó y nos supera de forma inexplicable, de aquello que no podemos abarcar de ningún modo y que al mismo tiempo conservamos en cada uno de nosotros como inolvidable. Grandes verdades que me llevarán a otras grandes preguntas muy interesantes y muy necesarias. Grandes verdades que me pedirán ahondar en ellas.

  1. Estoy vivo. Con todo lo que eso significa. Que estoy ahora, que no estuve y que no estaré totalmente. Y que este estar no dependió de mí y tampoco sigue estando enteramente en mis manos. Que mi vivir es tan contingente como precario, tan necesitado como vulnerable. Y que la mayor parte del tiempo mi vivir es como respirar o como un latir que no se hace consciente.
  2. Quiero no vivir de cualquier modo. Porque confío en otras muchas verdades que me guían y orientan en el existir. Afirmaciones que llevan y me traen de un lugar a otro, de un mundo a otro. Me interesa vivir así. No sólo alejarme de ciertos sufrimientos indeseables o males que nos acechan. Cada persona ha apostado enteramente todo cuanto tiene, si es que realmente se lo cree y cree que allí se esconde la felicidad o el bien o la justicia o su ideal. Podríamos decir que hemos apostado con nosotros mismos, que nos hemos jugado la vida en ello.
  3. No estoy solo en el mundo. Podré no saber definir exactamente qué es la persona, qué es el hombre. Podré no saber comportarme adecuadamente ante otros. Incluso me creeré poco responsable de cuanto sucede en la vida de otros. Pero la certeza de otros, al mismo tiempo semejantes y absolutamente diferentes y distantes a mí se me antoja evidente. No la he creado yo, a mi manera. Aunque tengo que andar con cuidado sobre lo que pienso de cada uno y de todos. Pero en cualquier caso, es evidente que hay otros.

Lo anterior, hablando de generalidades. De grandes generalidades. Detrás de cada una de ellas se agolpan, unas sobre otras, aquellas verdades que he creído como verdades y que quiero hacer mías, o aquellas mentiras que, por desgracia, hemos creído y se nos han colado sin excesivo examen, sin atenta cautela.

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