6 palabras cuyo significado reconozco que no comprendo del todo

Me parecería de una enorme torpeza que, por buscar una vida de mayor sencillez y cotidiana, dejásemos de utilizar grandes palabras. Peor aún si el motivo de su abandono es la falta de acuerdo y la incomprensión de unos y otros, sin soportar los esfuerzos del encuentro. Creo firmemente que existe un correlato real entre la existencia de determinadas palabras y la actitud que debemos ejercer, profundamente humilde y agradecida, frente a la realidad en la que nos encontramos. Son esas palabras las que se refieren a los acontecimientos, a esos sucesos que nos admiran, sobrecogen, nos hacen temer o temblar en las junturas del ser. Pero también son esas mismas palabras que, referidas a nosotros mismos, nos hacen comprender de modo sublime y directo que somos un verdadero misterio para nosotros mismos, que somos acontecimiento que nos debe sorprender primeramente a nosotros mismos.

Serían muchas las palabras a destacar, y que de algún modo nos conducen por la vida buscando y desbrozando ambientes. La primera sería “vida“. Otra sería “persona“, antes incluso que “mundo“. No puedo olvidarme ni de “amor“, ni de “felicidad“. Se muestran y se esconden sin que nadie pueda atraparlas, definirlas ni cerrarlas. Hoy van por aquí, mañana podemos descubrir alguna faceta más de cada una de ellas, o refutar y corregir nuestros pasos si es que estábamos equivocados y confundidos. La última voy a hacerla doble: “verdad” y “Dios“, porque creo que van indisolublemente unidas, necesariamente entrelazadas.

Sobre todas las palabras citadas podría decir algo. Tanto yo como cualquiera. Y discutir largamente sobre lo que significan. Hay juegos que tratan de esto precisamente. De igual modo podría investigar en mi vida dónde aparece su realidad, y cuál es su rostro y belleza. Sobre todas ellas he dicho, y casi a cada momento digo algo, cuánto me importan, qué lugar ocupan para mí, si creo en ellas o no, si me acojo a su amparo o huyo de su compañía.

Si me las tomase realmente en serio y escribiriera, por ejemplo, sobre qué es la persona. Y después saliera a la calle y me comprometiera absolutamente con mi definición y con lo que he dicho que es y debería ser, comprobaría que estoy en lucha conmigo mismo, no con la palabra ni con la idea, y que ando todavía en camino. Y lo mismo con el amor, o con la belleza, o con la felicidad, o con la amistad que a otros reclamo y que yo estoy obligado a prestar. O para qué está el mundo como está y donde está. Y así sucesivamente… Estas palabras, y las que yo puedo hacer que se unan y se acompañen unas a otras, me viven diría yo incluso.

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