La técnica no mejora, de por sí, a las personas

Pienso en una bombilla. Omnipresente. Te la encuentras incluso donde no hay corriente que la ilumine. Pero ahí está. Pienso en lo que pudo pensar su inventor. Me imagino que Edison, después de sus mil intentos, que él no llamó fracasos sino pasos, pudo soñar con su aplicación y con el servicio que estaba prestando a la humanidad. No era un invento cualquiera. Tampoco olvido que Edison también patentó la silla eléctrica, y que se hizo rico con ella. Ya he citado dos de sus más de mil inventos.

Imagino a Alva Edison con la bombilla apagada en sus manos, porque encendida quema. Se le abre un bocadillo en la cabeza en el que van apareciendo las mil y una aplicaciones posibles. Edison regaló a la humanidad días más prolongados. Vencío la noche, la oscuridad, la dependencia de la naturaleza. Los jornaleros podrían llegar a sus casas y leer, estudiar. O llegar a casa y estar más tiempo con su familia, dedicados a la conversación sobre lo sucedido en el día y otras muchas cosas. O simplemente recibir amigos. Las calles serán también diferentes a partir de entonces. Todo iluminado ya no quedaría lugar para muchos cacos y maleantes. Los lugares que lo necesitasen podrían disponer de luz portátil. Cocinas en las que preparar con más cariño la comida, y preparar mejor el menú, más sano, más amable, con mayor cariño para los de la casa. Habitaciones en las que se podría tener una mayor independencia respecto del ritmo general de la casa, de manera que los pequeños pudieran jugar por separado en lo suyo, los adolescentes preparar mejor su futuro… No sé cómo se lo imaginaría Alva Edison. Pero me consta que muchos otros, poco después que él, comenzaron a desarrollar este camino de “ilustración”.

Sin embargo, en nada, de por sí, ha mejorado la humanidad. Las bombillas no hacen mejores a los hombres, como tampoco lo ha conseguido el microondas, ni el frigorífico, ni el coche, ni los aviones, ni los ordenadores, ni internet. Todo sigue estando en el mismo lugar. Lo que pasa es que ahora hay más cosas que poner en orden y aprender a usar. Y esta sigue siendo la cuestión principal. ¿Cómo valernos de la realidad de la que disponemos, con su abundancia y su precariedad, para llegar donde tenemos que llegar? Responder a esta pregunta, que nada tiene que ver con la técnica, quizá nos ayude un poco más. Y para responderla con atención y dedicación mejor apagar la luz, quedarse en una oscuridad relativa, y escuchar.

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