En favor de la reconciliación

Aquello de dos no se pelean si uno no quiere lo dejaría en suspenso. Pero me resulta absolutamente cierto que dos no se reconcilian si uno no quiere.

En primer lugar, manifiesto el escándalo y la vergüenza que me provocan las imágenes de asesinos sonrientes saliendo de la cárcel, y ciertas declaraciones que consideran héroes a los verdugos. Se pone de manifiesto, una vez más y de forma llamativa, la precariedad de las leyes que nos deberían servir de protección frente al mal y ayudarnos a su vez a ser mejores ciudadanos. Cada vez que sucede algo de esto la ley, que se niega a sí misma, se destruye, pierde valor, contundencia y sentido.

Me alegro enormemente de que España, pese al dolor que causa, acate la sentencia de un tribunal tan importante como el de los Derechos Humanos. Lo contrario sería rendirse y claudicar. Aunque pueda parecer lo contrario. Lo contrario sería tomarse la justicia por la propia mano, sin ningún tipo de ley que lo ampare. Y eso es precisamente lo que hacen, todavía hoy, los que siembran el terror en las calles y las plazas, y a la puerta misma de las cárceles. Esos mismos que continuamente parecen zafarse con artimañas del sistema democrático.

Sigo pensando, tal y como dice Sócrates, que

no hay peor mal que cometer injusticia

Sigo apostando por la reconciliación. Con un esquema conocido. Aunque un día como hoy parezca un imposible y un insulto para algunos.

  1. Hacer examen de conciencia, dejándose iluminar. Sin defenderse por uno mismo, sin justificarse. Es más, estando interesado en mejorar y en limpiar aquello que en cada uno sea injusto e impropio del hombre. Exponiéndose a la justicia, en el mejor sentido de la palabra.
  2. Arrepentirse y querer cambiar. Sentir vergüenza, buscar ayuda. Si lo primero puede sonar a mucha subjetividad para algunos, lo segundo establece una clara relación entre lo primero y lo público.
  3. Pedir perdón, confesar públicamente la culpa, el daño.
  4. Cumplir la condena aceptando la ley, como reparación del otro, como reparación de uno mismo.
  5. No remover el pasado, que ya pasó. O, lo que es lo mismo según el objetivo del sistema penitenciario: “reinsertarse”.

Quisiera, y lo digo de todo corazón, que los terroristas de ETA se arrepintieran y cambiasen de vida, que pudieran volver a sus casas como ciudadanos democráticos que ayudarán a la Justicia en su labor. Lo que pasa es que veo que no quieren. Y lo veo una y otra vez desde hace años. Y si no quieren, pues no hay reconciliación posible.

  1. En lugar de examen de conciencia, presiones en su entorno para mantener una voz común. Mucho respaldo, incluso idolatría del asesinato y de la muerte.
  2. En lugar de arrepentimiento, sonrisas macabras, que no permitiríamos en ningún nazi, en ningún violador, en ningún parricidio, y que aquí se celebran.
  3. En lugar de pedir perdón, sacar pancartas de apoyo vergonzante.
  4. En lugar de cumplir su condena, huir una y otra vez, ampararse en las masas.
  5. En lugar de reinsertarse, volver a la lucha.

Y me pregunto con cuánto dolor viven hoy las víctimas, los hijos e hijas de las víctimas, los esposos y esposas de las vícticas, los padres y madres de las víctimas.

 

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