El creyente interior

Comienzo por citando dos párrafos en los que no quisiera verme ahogado:

Nuestro ateísmo (mi ateísmo) tiene seguramente dos aspectos. Por una parte, es el eterno ateísmo del homo incurvatus in se ipso, adorador de sí o de objetos aún inferiores a sí mismo. El hombre que no es capaz de amar a Dios sobre todas las cosas y no prestar adoración sino sólo a Él; que no es capaz de hacer realmente suya la lección que le presentan los lirios del campo, ni de amar al próximo exactamente como a sí mismo.

Pero creo que hoy el ateísmo posee una cara original: precisamente el hecho de que se halla entremezclado hondísimamente en la propia vida religiosa. La unidad de la experiencia y la vida religiosa no es hoy ya tal unidad. En muchísimos casos recelan ambas un larvado ateísmo interior, una doblez que no es ya simplemente la debilidad de la fe que ruega a Dios sostén y refuerzo. El ateísmo parece impregnar la fe misma del creyente de hoy. Una impregnación que habría que comparar con la acción de un agujero de nada en el tejido del ser de la fe.

Como creyente, puedo atestiguar que resulta doloroso confimar que los dos párrafos anteriores son absolutamente ciertos. Darse cuenta de la imposibilidad de creer con firmeza y radical confianza por la herida del egoísmo, y por la implicación que tiene personalmente la cultura secular en la que vivo.

Sin embargo, esos dos párrafos tienen una fuerte correlación con sus contrarios, sin los cuales consideraría que la descripción está incompleta. Por un lado, el hecho indiscutible de la trascendencia continua en la que cada hombre de carne y hueso vive, asentado más allá de sí mismo, moviéndose fuera de sí, proyectándose indiscutiblemente fuera, ansiando encuentro, queriendo descanso y sostén perpetuo. El hombre capaz de amar, aunque sea torpemente, y de darlo todo por amor, de darse por entero.

Y por otro lado, la discusión, siempre abierta, que todo ateo tiene que abordar al hacerse las grandes preguntas de la vida de forma real, no académica, abriendo el corazón en la conversación con el amigo, enfrentándose a la vida misma en sus momentos álgidos y en los más dolorosos, el interrogante por sí mismo y por su felicidad, por el mundo que le ha tocado vivir y el sentido que todo tiene. También se acogen, y lo saben además en su foro interno, a lo Absoluto. También escuchan, como tantos lo hacen, esa incómoda voz interior que revela su propia contingencia, su deseo de eternidad.

Todo esto no puede ser sino una llamada más, y no cualquier llamada, a la proximidad de unos con otros en una común humanidad herida y deseante, abierta con temor a cerrarse y quedarse sola consigo misma.

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