Esa sociedad que nos influye

Quien quiera criticar hasta despedazar esa sociedad y sistema en el que vivimos tiene todas las de perder. Comenzará a hablar, seguirá y continuará después todavía más. Y no habrá terminado. Y, además, a pesar de todo su derroche de palabras al final descubrirá que sólo ha conseguido desgastarse y emponzoñar aún más con sus palabras aquello que criticaba. Pero, por si fuera poco, todo seguirá igual. O la mayor parte. O, en el caso de que algo haya cambiado, probablemente no será ni por sus pancartas ni por sus mensajes, ni por sus argumentos.

Nos podemos volver tontos o locos, pero conviene seguir agradeciendo. No dejar de hacerlo, porque aproxima más y transforma más que hacer desesperar a otros, siempre más pequeños y más débiles, con nuestros arrebatos. Conviene agradecer por nosotros mismos, para ser más felices. No porque piense que una sonrisa nos salva de los males, como si fuera un escudo, sino porque la esperanza también se ejerce con esfuerzo y con dolor. Quien no agradece no está plantado en el mundo, ha sido trasplantado a otros espacios o foros donde, por ejemplo, no hay belleza alguna, ni bien que reconocer, ni verdad que descubrir y que nos sostenga. Quien agradece, por poco que sea, tiene todavía plantado un pie en ese mundo del que puede que quieran expulsarnos para apropiárselo unos pocos.

Mentiría si no reconociera que debo a la sociedad en la que vivo enormes dones y privilegios. Estaría ciego si no supiera reconocer a mi alrededor personas concretas, de carne y hueso, que viven virtuosamente, que aman apasionadamente, que se entregan con generosidad, que hablan y dialogan con respeto. Me asombra más el joven que se reconoce incapaz de decir algo bueno de sí mismo que el adolescente que quiere plantarse en el medio del mundo con arrogancia. Lo segundo es más humano, mucho más. Siempre y cuando no pise con estrépito a otros, y vaya haicendo su camino de madurez. De igual modo, no comprendo bien a quien cree que entre libros y títulos encontrará respuestas que merezcan la pena, que más bien ahogan las preocupaciones y distraen los ánimos de lo verdaderamente crucial. Por supuesto, me causa una inmensa alegría descubrir al anciano inocente, a la mujer atenta a los detalles, a los mayores que despiden ternura.

El mundo en el que vivo es tremendamente bello. Aunque el realista venga a decirme que hay de todo, incluso a gritarme que despierte y abra los ojos, le seguiré diciendo lo mismo: “Mi mundo es tremendamente bello”. Y no seré un ingenuo. Porque presiento que algunos, a causa de creerse despiertos, hacen sus cuentas y escriben sus cálculos, y andan sumando y restando lo imposible de matematizar. Y otros andan dividiendo lo indivisible, perdiéndose en las partes sin contemplarlo todo, sin inquietarse ante la inmensidad.

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