…, luego existo

Todos conocemos la frase original. Después la han retorcido de otras mil maneras. Han puesto los verbos que a cada cual le pareció más oportuno e interesante, quizá llamando la atención de los demás usurpando la creatividad de aquel filósofo en permanente duda. A mí me da igual hoy si quieres poner delante tu propio verbo. Sea sentir, amar, confiar, creer, pensar, dormir. Sea hablar, bailar, conversar, escuchar o jugar. Me da lo mismo. Me quedo con la existencia. Casi diría que “existo, luego existo“, o “vivo, luego existo” por no repetirme demasiado. Ésta sí es de las primeras certezas que tenemos en todo orden y en toda especie. Y de las cosas que, al percatarnos de ello en profundidad, nos sobrecoge en exceso. Algo tan simple como estar vivos, sometidos al tiempo, individualizados en el espacio, encerrados en nosotros mismos, contemplando nuestro desarrollo en nuestra propia historia, tan llenos de lo propio como de lo ajeno. Nos sobrecoge vernos así. E inquieta, sacude. Despierta a la fuerza, como también a la fuerza quiebra la ingenuidad en la que hasta ahora hemos permanecido, y en la que vemos que otros todavía pasean.

No llegué a esta certeza pensando. Lo siento. Más bien llegó a mí, sin esperarla ni buscarla. Creía que sabía lo que era vivir, hasta que me di cuenta de que no lo sabía. Lo había escrito muchas veces, incluso hablado sobre ello en multitud de ocasiones, hasta que tuvo que venir a grabarse a fuego la ignorancia sobre la vida misma, en la que yo me veía inmerso.

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