Más que por el ritmo. Más que por la letra. El título. Me quedo con el título de esta canción. Y me pregunto hasta qué punto esto es verdad, esto es el bien por excelencia, la máxima capaz de orientar toda la vida. Y me pregunto la serie de infinitas dificultades, barreras, obstáculos, fronteras, límites para obrar según ella siempre y en todo lugar. En mí y en otros. Aunque tristemente nos damos cuenta, principalmente, cuando somos nosotros los que hemos sido relegados por otros al segundo o décimo lugar, incluso al olvido, a la negación.

Imaginemos por un momento que somos capaces de poner a la persona como lo primero de nuestra vida, que su rostro nos interpela, que sus llamadas y mensajes nos inquietan, que somos responsables de sus vidas tanto o más que de la nuestra. Es más, descubramos que sin ellos, sin cada uno de los que nos rodean, elegidos o no, nuestra existencia no sería la misma. No seríamos personas, no tendríamos diálogo, no seríamos capaces de actuar en el pleno sentido de la palabra. Viviríamos, sin los otros, en la soledad, en la miseria.

La persona que tenemos en frente nos constituye. Nos hace ser quién somos. Nos da la oportunidad de ser verdaderamente. Nos da la oportunidad de amar, que es expresar al máximo nuestra identidad. Nos da la oportunidad de abrirnos al mundo del sentido, a dar sentido al mundo, a esperar. Nos da la oportunidad de creer, de confiar, de luchar, de bregar, de fregar las porquerías del mundo, de limpiar y abrillantar la belleza de la creación. Nos da la oportunidad de ser libres, nos hace libres en verdad. Nos quiebra, nos saca, nos libera de nosotros mismos. Nos descubre.

Cuando hay encuentro, en el sentido de la palabra, estoy ante el otro como si estuviera ante Dios mismo. No porque lo quiera o lo haya buscado. Sino porque Dios mismo me busca y se sitúa delante de mí, sin más salida que responderle. Tengo que responder si en verdad la persona es lo primero, o no.

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