Rectitud de corazón

Como siempre, algunos llegan a estas cuestiones a través de sus contrarios. Es decir, en este caso concreto, en el encontronazo con la maldad del hombre, sus retorcimientos y sus entresijos ocultos, sus maquiavélicas acciones. De forma cuasitécnica lo contrario de la rectitud de corazón viene a ser aquello que se ha llamado tradicionalmente la doblez de corazón. Algunos llegan incluso a sorprenderse a sí mismos siendo incapaces de abrir las puertas de sí mismos, se dan cuenta, quizá tarde, de la poca seriedad con la que han vigilado de su propia vida, lo poco que han cuidado de sí mismos en muchos sentidos.

Cuando hablamos de doblez de corazón, creo que nos estamos refiriendo a algo más que el contrario de la rectitud. Por ejemplo, si a la doblez de corazón le correspondería el engaño y la ocultación, el juego entre personas como en diferentes niveles de realidad, a la rectitud no le corresponde automática y directamente la sinceridad, el hablar en todo de la misma manera y sin atender a quienes tenemos delante. No es que la doblez se empareje con lo grotesto y lo grueso, y a la rectitud la finura de espíritu. En no pocas ocasiones constatamos la inteligencia atroz de los dobleces y pliegues del corazón de algunas personas, sus manejos y argucias. Esto hace precisamente más doloroso el enfrentamiento de lo que está sucediendo, el desvelamiento de la realidad, la iluminación de lo que se movía entre bambalinas y que ahora resurge.

Ni escribo ni hablo, nunca y bajo ningún concepto, para que nos pongamos a sospechar de todos los que tenemos a nuestro alrededor. Más bien, si algo me interesa, a la socrática, es el cuidado de la propia vida en primer lugar. Lo cual, evangélicamente, me obliga responsablemente también a cuidar de todos tanto como cuido de mí mismo. Pero todo esto lejos, muy lejos, de la mecánica destructiva de la sospecha, que nunca provocará ni encuentro con la verdad ni cercanía entre ningún hombre.

Sobre la rectitud de corazón diría básicamente lo siguiente, pensando en mi vida y mundo:

  1. Lo primero, antes que cualquier otra cuestión, estaría el reconocimiento de la interioridad de cada persona, habitualmente a partir de la experiencia de uno mismo consigo mismo. Indiscutiblemente toda persona tiene su propio mundo interior. Al tiempo, cada uno distinto. Y, en continuidad con lo anterior, la relación de la interioridad con la exterioridad, con el mundo fuera de sí. Un diálogo continuo, complejo, de mayor o menor fidelidad e intercambio, de mayor o menor flexibilidad y apertura. Esta relación, cuando se produce en autenticidad y libertad, no es sino profunda. No puede ser superficial ni confundirse con un intercambio de imágenes, a modo de infantil intercambio de cromos. Lo reduciría a “conocimiento de sí” y del mundo, casi en continua relación. Pero no sólo conocimiento en el sentido intelectual. Un conocimiento intenso, que nos hace vernos involucrados en el mundo como en un misterio, y en nosotros como una presencia igualmente misteriosa.
  2. Diría que una persona de recto corazón es una persona sincera, que busca la verdad. Si se presenta como quien la tiene, desconfío casi de forma natural. Reconoce por tanto su propio movimiento interior y las implicaciones que tiene. En absoluto da lo mismo estar o no en la verdad. A nadie le es indiferente haber sido engañado; en cuanto lo sabe, prefiere el dolor y el sufrimiento por resituarse que seguir permaneciendo “como antes”; es más, resulta imposible, una vez que hay dudas al respecto, no despejarlas por entero y embarcarse en la dura tarea de esclarecer cuanto se pueda. Lo cual pone en contacto, a mi entender, la verdad con la justicia.
  3. Requiere orden. A todas luces. Es decir, un ajuste interior continuo. Sobre todo para aquellos que con mayor frecuencia “salen al mundo” y reconocen que cada vez que ocurre esta salida, de forma inevitable e irremediable, traen sobre sí su propia vida e historia, palabras escuchadas, imágenes, lo hecho. Y también todo lo que se dejó de hacer, lo que se evitó, las posibilidades abandonadas, preferentemente aquellas entre las cuales se tuvo que elegir y se eligió. En este orden, y relación de uno consigmo mismo y con su historia, se trae razonablemente consigo el mundo que dejó de ser para pasar a ser memoria y recuerdo meramente.
  4. La rectitud tiene mucho que ver con la participación e implicación de unos y otros, mutuamente, con un cierto intercambio y responsabilidad a la vez que gratuitamente, y responsablemente. La rectitud de corazón permite escuchar con cierto vigor y claridad la voz personal de la conciencia de mí y la conciencia que me saca de mí mismo hacia el mundo en el rostro de los otros.
  5. Exige una purificación, una constante vigilancia para no torcer el camino y no perderse. La rectitud, en lugar de plantearse como una autopista al interior del hombre, la compararía mejor con una senda en la selva que necesita continuamente ser podada a golpe de machete. No vale cualquier herramienta. Se requiere lucha, esfuerzo. Percibir así que hay intereses en que se oculte esta vía iniciada, en que el hombre se repliegue exclusivamente sobre sí mismo y sus recuerdos y sus palabras y sus fantasías del mundo.

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