A mí me ha pasado muchas veces, incluso en la universidad, que debería estar llena de sabios que dan clase y atienden alumnos, que después de una conferencia magistral o de una gran explicación, me he quedado con el amargo regusto de quien piensa que lo escuchado no sirve para nada, que quien habló durante tiempo no sabe de lo que habla realmente. Pongo el “realmente” al final, como coletilla, porque las cosas se pueden saber de muchas maneras, e incluso ignorar. Y algunos quizá saben mucho sobre lo que otros han pensado sobre el amor, sin haber amado jamás. Y esto se nota.

Ayer asistí a una clase sublime sobre el ateísmo, pero quienes hablaban sobre ello parece que todo lo hacían sin haber sido pinzados nunca jamás por esta terrible incertidumbre. En definitiva, abordaban la pregunta que quizá es incómoda para otros, pero como si no fuera de ninguna manera algo preocupante, algo realmente cuestionante. Quien habla de teoría, ciñiéndose a lo académico, atado a los papeles como rastreador de biblioteca, termina exactamente en el mismo lugar. Habla, y lo hace incluso bien y maravillosamente, sin dejar que la pregunta sea su pregunta.

Me ocurre también con las cosas de escuela, porque habla de educación y de enseñanza mucha gente que no ha dado clase, que se ha dedicado a los libros y la pedagogía, que olvidó a lo mejor cómo era estar envuelto en tiza y con horarios apretados, que ignora totalmente cómo son los niños y los jóvenes de hoy, o las particulares complejidades de mis alumnos concretos. Aquí termino escandalizado en no pocos momentos. Para algunos enseñar se parece mucho a fabricar otro tipo de elementos y cosas, absolutamente instrumentalizado todo al servicio de algo, donde no parece existir para ellos eso que llamamos libertad.

Imagina entonces que alguien que cree que sabe mucho se pone a hablar del sufrimiento ante el que sufre, o del dolor ante quien llora, o saca estadísticas frente al hambriento, sediento, maltratado, excluido. ¡Qué dolor genera semejante modo de afrontar, sin silencio y respeto, sin involucrarse ante quien habla! ¡Qué lástima! Ocurre incluso entre quienes hablan de felicidad y de forma de ser felices ante quien se siente apocado y en camino, o de libertad frente al esclavo, o del amor a quien es rechazado y no conoce la incondicionalidad. ¡Qué escándalo más grande! ¡Qué imprudencia!

Estos teóricos, que se presentan normalmente a sí mismos como expertos abalados por títulos e idiomas y experiencias en diversos países, presentan precisamente lo contrario de aquello que Aristóteles comprendió que era la verdadera actitud teórica, contemplativa, inmersa en lo divino, ante lo sublime, inquietado por lo final y lo último. De esto saben mucho otros. Lo sabía Aristóteles y lo sabe cualquiera, incluso un adolescente o un niño, cuando intenta responder a algo que muerde su corazón o le exige imperativamente una respuesta que, y es consciente de ello, marcará definitivamente toda su vida. La teoría, la verdadera teoría, nada tiene que ver con un club selecto u oligarquía embibliotecada. Y esto está claro. Esta última teoría en modo alguno es despreciable, y nada tiene que ver con la mera curiosidad. Cuando el hombre está aquí involucrado, en no pocas ocasiones, ni siquiera ha decidido vérselas en semejante tarea o con este encargo; es más, yo diría que preferiría fugarse a otros lares, y no puede.

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