Lo muy evidente resulta invisible a los ojos

Cuando en clase explicaba, con seriedad, los principios de identidad y de no contradicción, descubiertos en la antigüedad por Parménides, era imposible sostener la risa de más de un alumno. Le parecía tan evidente que “lo que es, es; y lo que no es, no es”, que la filosofía incluso se le presentó como la ciencia de lo fácil. Entonces les invitaba y retaba a decir evidencias de la misma profundidad y calado, a desvelar y hacer público lo evidente, lo elemental, lo más sencillo, aquello a lo que todos creemos tener acceso. Nunca tuve una respuesta magistral, a pesar de haber disfrutado en clase con alumnos y alumnas verdaderamente excepcionales, mucho mejores en todos los sentidos que quien les enseñaba.

Sólo una vez completamos esta parte con un ejercicio sobre evidencias que siempre resulta. Se trata de decirle a alguien, al azar entre el grupo, aquello que vemos los demás en él, con naturalidad. No sólo opiniones, sino lo que consideramos que es evidente para nosotros. Aquello que no dudamos que la otra persona conoce, aquello que ¡cómo no va a saber de sí mismo! Y el asombro es doble: por un lado, porque tenemos que frenar la serie de evidencias y “frases” que, como si fueran todas verdad, se lanzan sobre la otra persona una vez damos rienda suelta y cogemos soltura; y por otro, que en absoluto podemos decir que quien las recibe las acoja todas como verdad, más bien al contrario, procura defenderse de muchas de ellas y se siente avergonzado al verse tan descubierto y desprotegido.

Las evidencias suelen serlo para todos, salvo para quien está encima de ellas. El ejercicio de separación, de toma de distancia y alejamiento para ver “desde fuera”, suele ser ímprovo. Nadie puede salir de sí mismo. Ni se puede pedir semejante barbaridad. Nadie puede verse “fuera de sí”, ni alejarse de sí mismo. No se puede tomar esta perspectiva de forma real. Es imposible. Podemos jugar a ello, pero sólo jugar. El proceso de reflexión, de mirada de alguien sobre sí mismo es algo diferente a una mirada sobre sí en verdad. Si acaso sobre las obras, sobre las opiniones de los demás, sobre las consecuencias, sobre el poso que deja en cada uno la realidad que bebe y respira, sobre el proceso y el movimiento del ser de cada uno.

Lo evidente, lo más evidente, está verdaderamente oculto. Algunas veces, dicho sea de paso, se manifiesta porque quiere. No sabemos por qué, pero intuimos, recibimos, nos vemos inmersos en un nuevo conocimiento que dista mucho del esfuerzo y de la disección de la realidad. Pero de eso sabemos menos incluso que de nosotros mismos.

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