La experiencia del vacío

Vacío y nada. Después de haber probado casi todo. Saltar de una experiencia a otra, pululando sin afincarse ni detenerse. Evitar saborear y anquilosarse, hacerse más a esto que aquello. Caminar precipitado y sin control, ni mesura, ni juicio. Probar por probar, probar todo por la novedad. Estar a la última. Rendirse a la creativdad de los otros, vivir en un escaparate. Mirar el espectáculo del mundo sin llegar a participar en él. Sentirse expulsado del flujo de la vida. Evitar que la piel roce con la lluvia o que nos devore la suavidad de la brisa con sus anhelos. Saltar impidiendo que los pies descalzos rocen el suelo. Otear personas como horizontes de posibilidad. Moverse por luminosos de acera y carretera. Sentir continuamente el movimiento. Confundirse, agitarse, preocuparse, desvivirse.

El sábado por la mañana me topé con un párrafo desolador que colgué en las redes sociales invitando a pensar en él. Le puse el título de la pregunta que lo encabezaba, sobre la universal experiencia de la vanidad de todo. Me dejó patidifuso, y todavía me provoca un cierto escalofrío descubrir que en lo que propone como esencial se esconde una terrible defensa de la superficialidad del mundo y del hombre. El problema radical de la experiencia humana es que le pedimos a la vida aquello que no puede dar. Toca cambiar de pregunta, según el autor. Y no digo que sea incorrecta su apreciación, al menos en ocasiones. Pero a mi entender, el mayor problema de la relación entre el hombre y la vida es su relación a distancia, la poca implicación que se da en la búsqueda del hombre, la superficialidad con la que suele plantearse todo y responder en todo. Un problema no menor que el considerar que la reflexión es una pérdida de tiempo, equiparable a una rayadura mental sin sentido.

Me niego a considerar que en el mundo no hay nada. Me niego a ello por una intución muy básica, que nace del corazón de toda persona, que es su arrojo y valentía. Sentir, de algún modo y en primer lugar, con cierta madurez, que hemos sido “lanzados al mundo” y estar aquí tiene un sentido, aunque lo ignoremos. Me niego a considerar que la mirada del hombre muestre sólo apariencias y mentiras, o que la inteligencia se reduzca a la imaginación y a la creación de elementos y razones para distraernos. Me niego a enteder que cualquier persona, que a mi entender es lo más bello y lo más otro del mundo, sea nada. Menos aún cuando se admira, nos sentimos atraidos, amamos sin tener razones suficientes para convencernos ni a nosotros mismos. Y, siendo esto así, siendo el impulso tan claro y tan definido hacia fuera de sí cada uno, ¿cómo no preguntarse más bien por el “ser” antes que por “la nada”?

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