Ya sabes que si te ponen gafas serán para siempre. De lo que se trata es de que no te las pongan. Una vez puestas es imposible retirarlas. Se quedan pegadas a la mirada. En principio, para facilitarla. Pero no seremos nosotros quienes miremos. Serán ellas las que gradúen y aproximen la realidad. Nos tendremos entonces que fiar tanto de las gafas como de quien nos las ajusta “a la realidad”.

Nadie puede vivir sin gafas. El que piense que ve sin gafas es un ingenuo, el peor de los ignorantes, el único que no se miró detenidamente en el espero a considerar sus prejuicios, sus opciones, sus secretos, sus hábitos, su propia cultura. Tampoco se escuchó atentamente.

Cada uno tiene las suyas, aunque algunas sean parecidas. Las gafas son como perspectivas. Porque todos aprendemos a mirar a través de otros. De sus imágenes, de sus palabras, de sus experiencias, de sus inquietudes. Nuestras familias, nuestros maestros, nuestros amigos. Aquello que sucedió “cerca” de nosotros, y nos rozó o incluso tocó.

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