Somos imprescindibles

Lo prescindible me suena a caduco, pasajero, insignificante. Evoca todo aquello que se puede usar y, poco después, tirar sin preocupación y relevancia. Remite por tanto a lo desechable. De hecho, le anuncia hoy, cuando está en funcionamiento, que llegará el día en el que caiga en cubo de la basura y sea considerado obsoleto, pieza de museo en el mejor de los casos. Carece de valor definitivo, podría estar y podría no estar. Nada conseguirá que permanezca en el tiempo. Y no es, por desgracia, inusual que las personas se traten y hablen así. Como cosas entre cosas, igualmente despreciables. Como números o puestos de trabajo, como meras funcionalidades en la composición general. Irrelevantes piezas sin nombre, ni rostro, ni historia, ni humanidad. Así se han tratado hombres y mujeres en campos de batalla escondidos debajo de sus armaduras, hoy ataviados con trajes y agendas, paseándose por los pasillos.

Quienes hablan así lo hacen normalmente mirando hacia abajo, hablando a aquellos que manejan en su ajedrez.

Las personas, sin embargo, sólo nos jugamos la vida donde se nos considera únicos, irrepetibles, irremplazables, necesarios, imprescindibles.

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