La sinceridad incuestionable

Existe un primer movimiento, inocente y espontáneo, en la mirada a la realidad que proviene de nosotros mismos. Instante auténtico, insilenciable. Que habla una y otra vez sin que podamos interrumpir su declaración, su señal, su indicación. Sale de lo más interior, del corazón incontrolado. Unos le llaman intuición, para otros es conciencia. Nos dice lo que hay, nos dice lo que somos, nos acusa y denuncia, nos reclama y libera. Tan pronto se parece a un bául de recuerdos del que salen los trapos más sucios, como a un telescopio capaz de atravesar el presente, llegar al futuro y calcular nuestro mañana.

Tantas veces escuchamos aquello de “hasta que no te des cuenta por ti mismo, no hay nada que hacer”, cuando lo que realmente abría que invitar a hacer es una pausa de silencio para escucharnos, sin resistencias y sin represiones, a nosotros mismos. Quizá nuestra memoria guarde aquella palabra que fue dicha sin concurso de nuestra parte.

Más interna a nosotros que nosotros mismos. Y personal hasta el punto de reconocer que sabe mucho de todo aquello que para otros no existe.

Verdaderamente peligrosa. Para la modernidad será extranjera eterna, su enemigo público número uno.

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