La voluntad quiere y quiere. Y quiere tanto que llega a desear demasiado hasta conseguir abrir el abanico de lo insospechado y a sentirse encadenada por lo que no puede lograr. La primera gran distracción que toda voluntad debe afrontar sin demora se encuentra en ella misma.

De tanto querer, y de quererlo todo, se puede morir con las manos vacías, con el pecho helado por falta del abrigo de un mísero abrazo.

El segundo gran escollo suele ser la soledad en la que se encuentra, su falta de diálogo y unidad con el pensamiento y la acción, para mantener relaciones de exclusividad e intimidad con el sentimiento. La voluntad almacenará listas interminables de quereres respetables y excelentes, sin llegar a nada. Será un motor que no mueve nada, una palabra incomunicante, verdadera música insonora, palabra absurda y sin sentido.

Luego serán problemas, si acaso, las interrupciones, la debilidad, la distracción. Pero después, y bastante, de tratar al voluntad con esos dos grandes problemas que la acechan sin piedad.

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