La sorpresa de parecerme a…

Leo un texto que habla de la identidad de las personas. Va destinado a niños. Al principio le he dedicado poco tiempo, lo he visto a la carrera y sin el suficiente detenimiento. Algunas cosas ya me habían llamado la atención, así que he vuelto sobre él. La identidad viene a ser aquello que nos diferencia de otros, de cualquiera. Se define de modo inestable, como cambiante y vago. Tan pronto hoy puede ser esto como mañana aquello. Todo se transforma dependiendo de con quién “me compares” y de quién “tenga que diferenciarme y separarme”.

A mí me parece tan evidente que somos únicos, que estamos separados y que existe una radical soledad humana, que lo que me parece que lo verdaderamente educativo sería reforzar la pertenencia, la semejanza. ¡Nos parecemos tanto! ¡Nos deberíamos “identificar” con tantas personas! La clave de lo público está precisamente en elaborar correctamente este binomio entre lo personal y lo social, lo privado y lo público, lo íntimo y lo expuesto, lo distante y lo cercano.

De hecho, bien mirado, una de los mecanismo principales por los que nos afirmamos a nosotros mismos con mayor coraje y fuerza es por medio de la semejanza con aquellos a los que verdaderamente admiramos. “Dime a quién te quieres parecer y te diré quién eres”. Al menos, en principio. Y yo quiero parecerme a tantos… y asemejarme a tantos… Por otro lado, uno de los grandes motores de la humanidad, quizá no del progreso pero sí de la humanidad y de los derechos, ha sido destacar la igualdad.

Descubrir lo que nos une, y a quién queremos parecernos nos ayuda en múltiples sentidos:

  1. Idealiza, es decir, estiliza en el sentido de darle también un estilo y alargar nuestra proyección y nuestro horizonte.
  2. Pone palabra e imagen a nuestros deseos y futuribles. Nos libra de la permanencia y el anclaje en el pasado o el presente estricto.
  3. Nos pone en camino, y ahí se descubren, con otros, sinergias que multiplican logros y avances.
  4. Ayuda a prevenir errores. Claramente, que otros hayan avanzado por delante refuerza y da seguridad a nuestros pasos.
  5. Construye un mundo de corresponsabilidades y responsabilidades con otros que impide la fragmentación caprichosa.
  6. Nos ayuda a pensar diferente a como se tiende a pensar. Nos saca de lo bárbaro y de la masa.
  7. Enriquece la identidad de las personas al sentirse parte de la humanidad.
  8. Previene la “uniformidad” cómoda de los grupos cerrados y de las masas enfrentadas y controladas por los medios.
  9. Cura de los miedos de la identidad, la imagen y la estima, porque nos sitúa en relación a… y no aislados.

No seré yo, en cualquier caso, quien niegue que cada persona es única, por sí misma y en su historia. Nada de esto me parece que deba oponernos unos a otros y hacernos valorar las diferencias por encima de nuestra común pertenencia e identidad. Es más, diría que la gran pregunta “quién soy” para nada se puede responder solo, ni siquiera la puedo decir yo de mí mismo sin mermar su fuerza. Quien pregunta, de alguna manera, objetiva. Y nunca debiera existir la posibilidad siquiera de tratarnos unos a otros como objetos. Si acaso, perdonadme, asombrarnos de ante esa mirada que me reconoce con una grandeza a la que yo todavía no me he acostumbrado.

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