Mentiras sobre la religión

En ocasiones mentimos. Unas veces por miedos y malignidades. Otras por desconocimiento e ignorancia. No creo que sean equiparables una y otra. Al menos en mi caso. Aunque bien nos valdría de vez en cuando recordar que el silencio existe, y que es una posibilidad, así como ejercitar nuestra libertad a manifestar que ni lo sabemos ni lo podemos todo. La docta ignorancia también ha libertado de muchas esclavitudes, condenas y mentiras.

Cualquier persona mínimamente religiosa y formada, o agnóstica y respetuosa, sabe que lo que se dice de “la religión” dista en ocasiones mucho de la vida real y cotidiana de una persona religiosa de carne y hueso. Las mentiras que se vuelcan son tantas que oscurecen el camino sincero para aquellos que tienen cuestiones abiertas o sienten la presencia de lo Absoluto, tremendo y fascinante. A mí esto me parece lo más triste, porque quienes hablan y sacan pancartas de libertad máxima para todos, a la vez parecen cerrar puertas al diálogo con motivos poco racionales. Me resulta casi evidente descubrir que son tópicos inaplicables a toda vida humana, sea religiosa o no-.

  1. Te hace la vida cómoda y fácil, eliminando complicaciones. Exactamente no sé a quién se le puede ocurrir o pensar que esto puede tener algo de verdad. Son demasiados los testimonios de personas religiosas, cuyas biografías han sio escritas o que están a nuestro alrededor, que precisamente por ser lo que son, y no renunciar a ello, se han complicado ellos mismos la vida. Sólo hace falta ver para reconocer esto con sinceridad.
  2. Tiene respuestas para todo, porque está escrito aquí o porque te dirá alguien qué debes hacer. Más bien diría que surgen demasiadas preguntas, bombardeadas de todos lados. Algunas verdaderamente torpes, para poner a prueba y molestar. Otras que nos dejan sin respuestas, ante el misterio. El camino de la vida espiritual exige el paso por crisis, dudas, preguntas para las que no estamos preparados, y para las que no valen las respuestas de otros.
  3. Ser religioso implica dejar de pensar. No adormece, siempre y cuando sea una verdadera religión. Lo de las sectas, que existen, y los grupos sectáreos, que también los hay, es algo diferente. Hoy por hoy, con las exigencias que comporta y la necesidad de estar siempre en diálogo con un mundo poco comprensivo con el hecho religioso, es imprescindible pensar.
  4. La moral y las leyes y normas son el centro. Cambia la vida, porque no puede ser de otra manera. Es decir, que se vive y actúa, también siente y piensa, de un modo singular. Posiblemente compartido con muchos otros en las formas y apariencias, aunque con motivaciones diferentes. Pero en cualquier caso, nunca puede ser el centro de nada. Una religión no tiene nada que ver con un código de normas o lista de tareas a realizar. El centro, para quien quiera descubrirlo, se esconde y se muestra, se escucha aunque habitualmente permanece en silencio, preparándonos para el encuentro. La religión es irreductible a valores. Las palabras son rostros que se encarnan.
  5. Se reduce a lo íntimo y personal. Al menos en el caso del hecho cristiano. Su raíz tiene una esencia eminentemente pública, de relación entre personas, que forja comunidad y se hace presente en el mundo. Me hace gracia escuchar a “los que atacan” criticar a un tiempo que la religión tenga símbolos públicos y pedir por otro lado que hagan algo más por los que sufren en el mundo.
  6. En la iglesia y en la religión todo está bien. Pues no. No hace falta argumentar mucho más. Sólo reconocer con tristeza, quizá, que la limitación y fragilidad se hacen presentes y patentes a diario y de múltiples maneras. El pasado no es, sin más, algo que ya no está. La iglesia es consciente de que carga con una tradición en la que no todo resulta maravilloso. Es más, visto desde hoy suscita mayores interrogantes y dudas. ¿Cómo son posibles determinadas “historias”? ¡Sin palabras!
  7. Los cristianos deben ser perfectos. Tampoco. Al menos en mi caso, o al modo como se comprende la “perfección”. Quizá sobre esto habría que dialogar. Si entendieno que la perfección humana es imperfecta y limitada, y que el perdón y la capacidad para corregir, equivocar y frustrarse existe, hablaríamos de otro modo. Sin duda, en esta perfección imperfecta y humana, hay mucho que aprender y que escuchar.

Y más que hay, tópicos irracionales e insensibles, que no respetan en absoluto ni quieren escuchar.

Me planteo, de todos modos, que todos ellos tienen algo de razón. Y que bien escuchados, pueden ayudar mucho a la vida espiritual y religiosa. Especialmente la cristiana, abierta al mundo, en contacto con el occidente secularizado, necesitado continuamente de purificación y en camino permanente.

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