Preguntas entrelazadas

Las buenas preguntas nunca vienen solas. Lo que me preocupa ahora es a qué nos enlaza habitualmente. Por ejemplo, la pregunta sobre el amor puede llevarnos a pensar en la más absoluta de las debilidades y de las miserias, la de la necesidad intrínseca del ser humano de ser amado, o la mayor de las fortalezas, como se resuelve cuando una persona ama a otra tal y como es, por entero y sin matices. Con otras preguntas de calado ocurre exactamente lo mismo. ¿Por qué trabajo? ¿Para qué vivo? ¿Qué me resulta placentero? ¿Qué dudas tengo? ¿Qué me gustaría hacer? ¿Con quién estoy viviendo? ¿A quién escucho? ¿En qué me estoy fijando? ¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Para qué estoy en este mundo?

Puede ser entonces cuando comprendamos a dónde quieren llevarnos. Toda persona puede, en su foro interno o en una reflexión abierta, responder a cada una de estas preguntas a su manera. De hecho, debe hacerlo al menos para sí una vez en la vida. Pero si pudiésemos seguir el hilo de su conversación particular, de ese díalogo íntimo con uno mismo al que llamamos reflexión, observaríamos cómo unas preguntas nos llevan a otras. Y en esa unión, en ese verse unas y otras tejidas y entrelazadas, es donde podemos observar si hay luz u oscuridad, pasión o desencanto.

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