Dejar que te evalúen

Alguien me decía la semana pasada que tenemos miedo a las opiniones de los demás. En el contexto de la reunión en la que estábamos venía muy bien al cuento, pero también nos despitaba. Creo que era oportuno el comentario porque suponía un momento de lucidez. También nos distraía, porque estábamos hablando de otras cosas más concretas. Por eso dejé la anotación para hacer una pequeña reflexión al respecto.

Comparto la opinión de este amigo. Y me parece de lo más lógico. No hay que dejar entrar a “hablar por hablar” a cualquier persona. Ni en la vida, ni en el trabajo, ni en las elecciones que hacemos. Alguien puede participar de este ámbito de nuestra vida tanto en cuanto sea capaz de comprender lo que sucede en globalidad, pueda guardar un secreto y sepa escuchar con discrección. La opinión se reserva en todo caso para el final, si procede.

¡Cómo no tener miedo a las opiniones de los demás! Son sinónimo de ligereza, de juicios rápidos, de palabras atropelladas. Se defienden y se exponen antes de escuchar todas las partes, de aglutinar datos, de aproximarse a lo personal que hay en todo. Las opiniones se vierten fácilmente. El opinador no piensa más que en sí. Incluso cree que hablando rápido, como con experiencia y madurez, será recompensado por su buen juicio y criterio. De determinados asuntos no deberíamos opinar, sino guardar silencio.

En otros casos, la evaluación viene sola. Por lo que hace, por lo que recibes, por lo que cosechas. Los frutos también son evaluación de uno mismo, como también determinadas miradas y abrazos, llamadas y preguntas. Las preguntas sirven sutilmente de evaluación, de toma de contacto, de asentamiento en la realidad.

Para los que van precipitados por la vida, sólo apuntar que los resultados no tienen por qué ser siempre evaluación. No hay que precipitarse. No conocemos las condiciones en las que transcurren, o ignoramos razones y motivos personales. Apresurarse en el juicio sólo indica la propia ignorancia o la cerrazón de quien no quiere entender.

Dicho sea de paso, aunque todo fuera trasportable a números en la vida, aunque el inconmensurable amor y la fiel confianza fueran objetivables hasta tal punto, nunca sabríamos del todo qué supone un 4 o qué hay detrás del 8. Existen suspensos y fracasos, y vueltas y caídas, cuyo valor no tiene precio. Alumbran la posibilidad de perdón y de misericordia. Y eso, que no aparecerá posiblemente en ningún sitio reflejado, como tampoco el esfuerzo, ¡tienen mucho de humano y de divino!

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Un comentario sobre “Dejar que te evalúen

  1. Mi experiencia me dice que se puede perder todo, lo más querido, que puedes tener que renunciar a lo que quieres más que a tu misma vida… pero después siempre hay algo más. Dios no deja de sorprender…

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