No me lo invento, porque es más viejo que la tana. Y la humanidad ha experimentado esta sensación, de dolor o de gozo, en innumerables ocasiones. Desecho, de partida, la cuestión de la voluntad. A fuerza de puños y de mucho esfuerzo sólo algunos -quizá privilegiados- podrán conseguir algo. También la suerte, porque me parece un desprecio a la libertad. Si bien ciertas preguntas e interrogantes los mantendremos siempre latentes.

De los dos caminos que estimo que quedan, el primero sería el trágico, el propio del sufrimiento. Se podrá reflexionar de mil maneras la brevedad de la vida, en disquisiciones intelectuales y escritos, que, cuando aparece, siempre deja ese olor a sorpresa que lo invade todo. Esta primera vía se considera propiamente la de lo impactante, sin determinar bien si es externo o interno. Porque bien sabemos que no escarmienta el ser humano, con facilidad al menos, en barba ajena. Es algo que sucede al mismo tiempo dentro y fuera, que se quiere considerar alejado y se aproxima con impaciente ritmo hacia nosotros. Un bofetón existencial, en otras palabras, que nos hace mirar en otra dirección. Ojalá, en el mejor de los casos, sirva para orientarnos al bien.

El segundo, que todos desean alcanzar y cultivar, sería el de la belleza, el de la grandeza, el de la hermosura. Junto a todo lo magnífico y deslumbrante que puede resultar el universo y el mundo y la persona, está la descomunal presencia e interrogante de lo humano, es decir, de la compasión, de la ternura, de la entrega. No nos cambiará ser testigos, ni contemplarlo. Sino su ejercicio, que muy bien no sabemos de dónde ni cómo despierta, pero ejerce su presión, nos conecta, nos vincula, nos desinstala, nos debilita incluso. El bien y la belleza todo lo priorizan, sea de un modo y de otro. Y lo que es mejor, nos invitan a no pensar siquiera en sus contrarios. Nos vemos sumidos en su confianza radical y perenne, indestructible.

Si me dieran a elegir, me quedo con la fascinación de la segunda, su atontamiento, su revelación. Pero no se puede determinar por la voluntad ni predecir en el papel. Hay que estar, de algún modo, abiertos y atentos a lo que pueda suceder. Si le pasó a otro, ¿por qué no a mí o a ti?

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