Ayer nació la hija de unos amigos a quienes les gusta mucho la música

Pequeña, y con estilo. Rasgos identificativos que ya se hacen notar; la poderosa genética. Sueño, como si fuera adolescente venida de fiesta. Pendiente de las caricias, y necesitada de todo cuanto sus padres puedan darle. Al entrar en la habitación donde estaba esta familia engrandecida tuve la sensación de dar un paso hacia adelante sin posibilidad de retorno hacia atrás. Mirar, por primera vez y con novedad, a la pequeña, a su madre, a su padre. Todos reunidos, tiernamente reunidos. No eran los mismos que la última vez que los vi. En el caso de la madre era más que evidente. En el caso de la niña, ¡por supuesto! En el caso del padre tres cuartas de lo mismo. ¡Nuevos! ¡Como nuevos!

Los niños reconocen a sus padres. Estos recién nacidos vienen con un sentido que les orienta hacia su propio origen. ¡Qué misterio! Por mucho que a sus padres les guste la música, no habrá jamás nada tan precioso como la voz que sabe contarnos lo que sucede en el mundo a cada instante.

Por cierto. La niña de la que hablo no es la de la foto. Sin despreciar ni desmerecer a nadie. Y no deja de asombrarme, además, que en una planta entera de un hospital se reúna a todas las madres recién maternizadas. Deberían, dada a alegría que irradian, repartirlas por distintos lugares de nuestro mundo. Verlas, de por sí, supone una buena noticia. Y estamos relativamente escasos de maravillas.

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