A preguntas bien hechas, respuestas cortas.

Por si acaso lo estropeamos, mejor responder con brevedad, y no olvidar la pregunta que fue bien hecha. Ni olvidarla, ni querer responderla en el primer segundo. ¡Con el esfuerzo que habrá costado que salga a la luz!

Pasé dos meses en la universidad yendo a clase sin ser capaz de hacer ni hacerme ninguna pregunta que mereciera la pena. Me aburría, perdí interés. Es como si todo quisiera estar tan claro y bien escrito en forma de esquemas que no cupiera nada más. Entonces, casi seguro, estamos pisando terrenos ajenos a la realidad. Al menos a lo humano. Lo personal siempre va acompañado de dudas, preguntas, interrogantes, incógnitas, misterios.

  1. Una buena pregunta tiene la capacidad de despertarnos y dar un giro a lo que siempre hemos mirado de forma única, con las gafas de los otros.
  2. Una buena pregunta resulta verdaderamente incómoda. Nadie aplaude la pregunta, habitualmente. Menos aún si va dirigida a alguien en concreto, que se queda sin palabras.
  3. Una buena pregunta no se puede responder en diez segundos. Tampoco en diez minutos. Creo que las buenas, las verdaderamente buenas, exigen diálogos. Primero interiores, llamados re-flexiones. Después en búsqueda de palabras ajenas, ideas nuevas, respuestas varias. Al final terminamos encontrándonos con alguien que se ha preguntado lo mismo, o se ha interesado por lo mismo, o comprende a qué nos referimos.
  4. Una buena pregunta nunca será un examen baremado en enteros del uno al diez. O bien nos pide decimales que maticen, de calidad. O bien será invalorable al modo como la matemática pretende tener todo atado y bajo control. Aquí no hay exámenes de ese tipo. Aunque una pregunta directa en ocasiones sea similiar a un juicio.
  5. Una buena pregunta resultará rompedora. Como aquellos, convertidos en clásicos por la historia, que dieron saltos de calidad, de los que decimos que han hecho algo cualitativamente distinto, verdaderamente diferente, realmente nuevo. No sabrán explicar cómo, ni cuánto. Porque no está ahí. Ni en el modo, ni en los números. Resultará ajeno a determinados análisis. Romperá esquemas, como poco.
  6. Una buena pregunta vuelve incisivas las palabras que siempre fueron empleadas en otros sentidos. Utiliza lo de siempre, lo combina de manera distinta.
  7. Ante una buena pregunta, y a mí me ha pasado, se escuchan voces del estilo: “¿Cómo no se me había ocurrido?” Porque lo cotidiano, tan presente y tan común, en no pocos momentos es lo más alejado de nuestra propia experiencia, lo que más aturde nuestra inteligencia y voluntad. Y con una sutil entonación recupera presencia y prioridad.

No creo que una buena pregunta tenga que ser sesgadora, sólo comprensible para un círculo de expertos en la materia. Una buena pregunta no es física, ni química, ni científica. Podría serlo. Pero hablo de aquello de acceso ordinario, de lo que creemos servido a nuestro pies cada mañana. Hablo de cuando la reflexión sobre el amor, sobre la libertad, sobre el bien, sobre la justicia, sobre el mundo, sobre el horizonte, sobre la paz, sobre el prójimo nos desvela y nos centra.

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