Los hay, y no son pocos. En algunos de forma pensada previamente, aunque resulte paradójico. Lugares que en ocasiones son de descanso y desconexión, para aislarnos un de la que está cayendo y romper nuestras jornadas. En otros, sin embargo, entras y te ves conducido involuntariamente como dando tumbos, y terminas mareado.

Uno de los lugares en los que más me preocuparía que dejásemos de pensar es en la escuela. Puede llegar el caso, y no es del todo infrecuente. Todos hemos sentido alguna vez que da igual nuestra opinión con tal de que digamos lo que el profesor quiere escuchar. Sea en el colegio o la universidad, o un paso más allá. Frente a los eruditos que marcan el camino único y común para todos no hay nada que aportar.

También en el trabajo, a nuestro pesar. Hoy un amigo me contaba su experiencia laboral, y las pocas ocurrencias que tenía. Lo decía cansado, hastiado.

¿Qué ocurre en las calles? No ya en los centros comerciales, en los lugares de masas. No en esos, en las calles en las que nos encontramos con otros, en los típicos bares que fueron espacio de tertulia y diálogo. ¿Qué ocurre en las casas, en las familias, entre los amigos?

Me temo que no. Que no hemos dejado de pensar.

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