Ya que no nos ponemos de acuerdo en casi nada y nos cuesta mucho dialogar, comencemos por lo básico. Todos queremos un cambio. Bien por la crisis, por los retos modernos, por las pobrezas del mundo, por airearnos. La cuestión del cambio es hacia dónde va, a quién favorece, qué se llevará por el camino, y dónde terminaremos. Por eso andamos inquietos. Porque no sabemos lo que ocurrirá mañana. ¡Cómo vamos a predecir nuestra situación dentro de unos años!

Hoy debatíamos sobre esto de los cambios en un grupo de “amigos”. Todos, insisto, a favor del cambio. Como huyendo de un suelo que quema. Imposible el acuerdo, salvo en lo que se refiere a salir de donde estamos. Los hay con más memoria, como queriendo señalarnos que conocieron tiempos casi prelaxarios. Los hay más jóvenes, que con ímpetu, siempre quieren cambiar las cosas porque sí, por hacerlas suyas, por reservarse el derecho a decidir. Los mayores les indican esta actitud, al igual que los jóvenes insisten en que los viejos se han hecho viejos y ya no tienen tantas ganas de luchar. Y así una y otra vez. Observar, de vez en cuando, este tipo de situaciones desde fuera resulta gracioso. Te dan ganas de decir que todos queremos lo mismo. Pero ¿quién se va a atrever a pedir que veamos las cosas con mayor sentido común y menos ideologías?

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