Resérvame un minuto

Miedo me da el que se acerca pidiendo ingenuamente un minuto de tiempo, con cara de necesidad. ¡De eso nada! ¡No será un minuto! Sólo habla así el que no sabe cuánto va a ocuparte. Quiere colarse por una rendija pequeña, como sin hacer demasiado ruido. Pero una vez comienza el encuentro pretenderá que ni mires el reloj,  a pesar de su promesa de escasez, ni estés en otras cosas, aunque fueras de camino a ellas. Y como no puedes hacer mucho más, lo mejor es disfrutar de su interrupción y acoger el reclamo. Ojalá pudiera hacer algo siempre.

Otras maravillas pueden en verdad ser más breves que un minuto. Calentarse la leche por la mañana, un beso entregado, la típica sonrisa que siempre se menciona o un buen chiste en su defecto, el chascarrillo del descanso o la ironía en clase, el abrazo consolador del hermano, una pregunta ligera, el estribillo de una canción, beber un vaso de agua en un momento de sed, el mordisco a un poco de chocolate a mitad de la jornada, una mirada cruzada en intimidad y complicidad en una cena con amigos… y tantas otras.

¡Qué cantidad de tiempo supone un minuto!

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