Ya lo decía mi amigo Manuel, hablando de otra persona amiga nuestra. Que este mundo desprecia la bondad porque no puede soportar estar en su presencia. Los que hacen cosas por los demás terminan siendo pasto de aprovechados. Los que sirven desinteresadamente llegarán a cumplir su deseo de desinterés y pasarán perpetuamente desapercibidos. Los que sólo quieren un pequeño gesto de acción de gracias serán olvidados antes del aplauso final, que se llevarán otros. Los disponibles, los generosos, los amables, los atentos, los respetuosos, los compasivos, los tiernos, los que miran por los demás, los que se preocupan de otros, los bienpensados, los justos, los que colaboran, los que siembran la paz, los que tienden puentes… todos estos serán probados, lllegado el momento, en su bondad y su capacidad para amar. Serán invitados por los que no lo soportan a salir de su senda y tornar otros rumbos. Serán encarecidamente requeridos para atender más de sí mismos al grito de: “¡Cómo es posible que no te hayas guardado la espalda!” Por si fuera poco, en su intento por crear y sanar el mundo, incluso el ingenuo e ignorante, que desconoce el peso que la bondad significa, se atreverá a llamarlos “tontos”.

Por si fuera poco, el imaginario social que empleamos para “el bueno”, y los tópicos que le acompañan, tienen toda la razón. La cultura del egoísmo a ultranza y del individualismo de masas ha convertido la “bondad” en el juego de niños que pronto suple el ansia por competir y llegar a “ser alguien”.

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