No descarto que pesimistas y racionalistas sensatos tengan demasiada razón vertida en opiniones agrias y destructivas. No descartaría a la ligera el sopor del escéptico, ni la incredulidad de quien ha sufrido varapalos sucesivos sin venir a cuento de nada. No dejaría de escuchar a la primera al apasionado crítico de la superficialidad, ni al arrogante que está de vuelta de todo y ha construido un hueco personal en medio de las aceras del mundo. Sin embargo, el mundo es mucho más de lo que vemos cotidianamente. Mucho más que lo pobre y escaso que alcanzamos a ver desde nuestras azoteas y ventanas. O sales, y te mojas. O te zambulles en la vida de los otros, o ciertamente todo quedará en nada, aunque sea en verdad demasiado bello para ser contado. Tanto valora el hombre su propia vida que, justamente y con buen criterio, no quiere exponerla alegremente a la mirada superficial de cualquiera. Por eso la confianza requiere ser alcanzada con paciencia, y la paciencia el seno en el que se engendra toda virtud contra el pesimismo, la incredulidad, el escepticismo. La solución contra todo esto no es dejar de escuchar, ni dar de lado, ni fomentar reductos sociales de amargor y desencanto, sino más bien aguantar el chaparrón primero, atender en profundidad el sentir humano, buscar la argolla en la que pueda ser tendido el cable de la esperanza.

Anuncios