Elegimos compartir

Internet, las redes sociales, las plataformas de todo tipo que pululan, el blog de aquí y de allá. Todo se va convirtiendo en una gran máquina de compartir y relacionar. Elegimos esta opción frente a otras más estáticas, menos directas. Entablamos conversación, escuchamos opiniones, disponemos de herramientas potentes para acceder a mayor conocimiento, a mejor preparación, a difusiones contagiosas. Ésta es, a mi modo de ver, la gran batalla en la que anda bregando impetuosamente toda la red. Una tendencia creciente marcada por el compartir. Elegimos entonces compartir frente a reservarnos, lo público frente a lo privado, la relación que combate la soledad. Y, sin embargo, todo deja al descubierto una necesidad más honda de relación que la que hasta el momento habíamos conocido. De poco sirve si todo esto se queda atrapado en el clic de un ratón o en el teclado de tu dispositivo. Esto tiene, y entiendo que es casi una necesidad anunciada, que llevarnos más lejos. A un compartir generoso y personal de carácter real, en sentido estricto. No se trata de optimizar, de rentabilizar, de hacer más productivos, de viralizar, de éxitos. Se trata de alcanzar mayor personalidad, mejor humanidad. Ésta ha sido siempre la lucha de la humanidad por salvarse a sí misma, que reconoce humildemente que no puede hacer casi nada sola ni por sí misma.

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