De cuando dejas de hacer cosas, y comienzas a hablar

Las riñas infantiles entre quiénes son mejores, si los que hablan o los que actúan se resuelven fácilmente y por la vía rápida con un poco de sentido común. Ni los unos ni los otros. Porque oponer lo que no es contrario sólo puede engañar a los de por sí ignorantes. Las palabras y las acciones no se restan unas a otras, sino más bien al contrario. Diría yo que se acompañan, ayudan y purifican, se complementan y se animan, se dan fundamento mutuamente y unifican la persona. Su unidad es motivo de desarrollo en todos los sentidos, y de construcción de sentido en todas las dimensiones. Negar esto, en principio, es caer en vulgarismos y pantomimas que reducen con otras pretensiones quizá no muy manifiestas. Así los que hacen y hacen se constituyen a sí mismos en adalides y defensores de causas ajenas. Y quienes hablan y hablan se autoproclaman defensores de la verdad. Y ni unos ni otros.

En el pensar y obrar, con en el hablar y hacer, tiene que existir una consonancia y coherencia profunda y de calado. Lo digo a propósito de esas vidas tan cargadas y esas agendas tan apretadas en las que no entra nada más que aquello con lo que se encuentran verdaderamente cómodo. Quizá un poco menos de acción a unos, y de menos palabras y reuniones a los de allá les sirviera de mucho para suavizar su postura y posición en el mundo. Quizá acercarse a la cojera personal dejándose llevar por ella nos enfrentaría a nuevos rumbos, en los que encontrar a otras personas a las que mirar de forma diferente. Creo, en verdad, que hay quienes se ocultan detrás de sus acciones, haciéndolas mudas o vacías de sentido, y que su mucho moverse, y su excesivo ir de un sitio a otro sólo revela que no pertenecen a ningún lugar ni se poseen a sí mismas. Creo, sólo como opinión personal, que si bien las acciones hablan de las personas, algunos actos y actitudes sólo dan a conocer que no se tiene nada que decir, que sólo se hacer por hacer y se responde a lo que hay porque es lo que toca, sin saber ni a dónde ni cómo ni por qué se va. Y esto, de nuevo a mi entender, resulta terriblemente peligroso. Porque si bien la vida no se puede gobernar siempre a placer, ni dirigir como si se tratase de un manso caballo en el que paseamos, también es cierto que somos responsables de nosotros mismos primeramente, y ante todo.

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