Europa no se descristianiza

Tendría para ello, entre otras cosas, que prescindir de su historia, de su cultura, de sus raíces, de su memoria, de las señas de identidad que la identifican y caracterizan. Pienso en todos aquellos que quieren cortar “los valores de la fe” creyendo que hay algo valioso que pueda sostenerse sin estar bien arraigado, y no entiendo su lógica. Saben que todo aquello se marchitará, porque ni la solidaridad ni el amor se mantienen a fuerza de decir que son la esencia del hombre. La historia de la humanidad, no sólo de este continente, demuestra que entender que algo resulta valioso no conduce a vivirlo. Y lo importante, lo mires por donde lo mires, seguirá siendo la vida. Sin fe, no hay amor. Sin creer y confiar, no hay solidaridad, ni justicia, ni victoria sobre el egoísmo. La raíz de todo esto que queremos que reluzca y brille, y de todo cuanto hablamos cuando tratamos aspectos fundamentales de la vida social y personal, no florecerán sin nutrientes. Y esto nos lleva, necesariamente, a preguntarnos más allá de nosotros mismos, más allá de lo común y de lo ordinario, más allá de “los valores”, más allá de las estructuras, más allá de lo que tenemos delante. Entiendo que otras opciones, que pretendan quedarse en los frutos sin atender a las raíces, son directamente imposibles. Y que el tiempo, de una u otra manera, lo contará. Si es que no lo está ya proclamando.

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