No digo siempre. Evidentemente, en muchos ámbitos nos permite mejorar. Sólo como posibilidad. Pero en muchas otras decididamente nos hace peores personas, encerradas entre lo propio y lo propio, ajenas a lo ajeno, irresponsables incluso de aquello que podríamos hacer y que ahora hacen por nosotros, esperando el tiempo de lo fácil y de lo cómodo y alejándonos de todo cuanto suponga esfuerzo y sufrimiento. Empeora la calidad abrumando con la cantidad y la seguridad y las posibilidades y las novedades y las modas y los cambios y las comodidades. El bienestar ha tergiversado, entre otras muchas cosas, el significado de la palabra progreso. Se llama bienestar al apoltronamiento en el sofá que contempla la vida de los otros, a todo aquello que rechace levantarse y hacer algo por los demás si no implica “buenas sensaciones” para uno mismo. Pero insisto en lo primero. No siempre. Sólo en demasiadas ocasiones.

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