Esta tarde me he encontrado a un viejo amigo con quien jugaba al padel de vez en cuando. Charlando entonces de la que se avecinaba con la amplia difusión que iban teniendo las redes sociales, y los primeros problemas que surgían, descubrimos que ambos teníamos mucho interés en común y muchos elementos de juicio compartidos. Hoy me ha recordado que hay que seguir esforzándose en humanizar la red. Expresión que ya entonces nos caracterizaba. Los dos, además, compartíamos que esto es algo que no se puede lograr sin humanizar previamente la vida. Internet no es más que un campo nuevo de batalla, o no tan nuevo pero siempre creciendo.

La responsabilidad en esta tarea no puede ser meramente individual. En este nuevo continente la tarea resulta ser muy colaborativa, muy “de equipo”, muy “de red”. De hecho, la característica principal de todo este entramado que estamos montando no es otra sino la conexión de unos con otros, por encima incluso de los contenidos específicos que puedan ser compartidos. Se trata de personas a los mandos de su PC o de su móvil o de su tablet. Es decir, de herramientas que unen, de la que surgen proyectos y conversaciones, intercambios de uno u otro signo. Internet está lleno de actitudes a trabajar y potenciar de cara, por otro lado, a humanizar más la vida real de las personas. Porque esta vida es una única, en su conjunto.

Esta cuestión es, a mi parecer, algo más que una simple anécdota. Habla de un nuevo espacio en el que las personas están situadas, posicionadas, y no sólo reciben pasivamente. En la red se generan contenidos nuevos a partir de las experiencias de intercambio. En la red existe un movimiento que tiene que ver con la propia historia, más que acumulación de un historial de notificaciones.

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