Filosofía de semáforo en rojo

Suelen ser unos segundos, y poco más. No hay tiempo que perder. No da para mucho más. Hombro con hombro junto a otras personas ansiosas por cruzar la calle, seguir adelante. Ahora bien, algo parece despetarse en nosotros curiosidad por quienes estaban tan cerca de nosotros. Escuchas, miras, atiendes. Te metes de alguna manera en la vida de los demás, y a su vez permites que otros puedan observarte. No es infrecuente sorprenderse en el semáforo en rojo con alguien que, curiosamente, conocías y no habías saludado. Entonces pasamos a la palabra, al reconocimiento, a la vuelta a lo personal, a convertir lo público desanimado e anónimo en espacio de comunicación de lo propio.

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