Puzzles de pocas piezas

Hace poco han llegado a mis manos tres puzzles con un número de piezas insignificantes. Eso sí, de buena madera. Dos de ellos tenían cuatro piezas cada uno, y el tercero alrededor de ocho. Te lo creas o no han supuesto todo un reto. Sobre todo el primero. Lo coges como despreciando de partida que pueda ser excesivamente complicado. Algo debe tener, por supuesto. Pero no puede ser tan difícil como para robar excesivo tiempo. Y te das cuenta de que lejos de eso, se ríe afablemente en tu cara. Cuatro piezas para colocarlas en una forma deternimada. Comienzas a dar vueltas. Así no puede ser. Por este camino no saldrá nada. Me quedé sin ideas. Colapsado en los posibles. No hay tantas combinaciones, piensa la razón mientras el corazón se cabrea de impotencia y se obceca en repasar sus propios errores una y otra vez dando vueltas a lo mismo. Un puzzle para gobernarlos a todos, y retar a los que se ciñen siempre a un patrón concreto, a los que se cierran en lo común, a los que son incapaces de hacer maleables las opciones que tienen delante. Un puzzle, en definitiva, para reconocer algo de voluntad de cambio en una inteligencia que se agarra a cuanto tienen a su disposición.

El segundo puzzle vino a demostrar lo mismo, sumando el engaño de la vista. Piezas que eran aparentemente iguales, cálculos a golpe de un primer encuentro sin experiencia. Y vuelta otra vez a comenzar de nuevo en la rueda que antes he descrito. Sensación de que es fácil, impresión de superioridad. Con el posterior abatimiento del orgullo humano que se ve tentado a reconocer que hace falta paciencia y cordura por muy fácil y sencillo que aprezca todo a simple vista. Y así hasta que encuentras el resultado final poniendo una de las piezas de forma distinta y obligando al resto a resituarse.

El tercer reto se planteaba como el más difícil por el número de piezas. El doble que los anteriores juegos. Ni más ni menos que ocho. Ridículo número a priori, que tras los encuentros con puzzles anteriores viene a ser el doble de complejo. Y, sin embargo, todo se resume en colocar una de las fichas que componen la maraña de madera de la manera como no se piensa desde el principio. Una pieza y sólo una. Una miserable pieza que desde el principio parecía tener su lugar prediseñado y fijo, en torno a la cual se construiría todo, y que una vez abandonada su terca posición inicial se resuelve en cascada.

Ni más ni menos que lo que en tantas ocasiones decimos que ocurre en nuestra vida. ¿Será que hacemos difícil lo fácil, complicado lo complejo, envolviendo lo sencillo en marcos rígidos?

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