El camino hacia la felicidad no es fácil. Lo hace complejo, y en tantas ocasiones complicado, un mundo entero que parece enfrentarse cara a cara y plantarse como un muro, como un acantilado, como una niebla densa, como una lágrima interior o una herida debilitadora. Lo hace difícil que siempre se sitúe más allá de lo que podemos atrapar con nuestras pobres manos, y de todo lo que podemos alcanzar de una vez para siempre. Lo hace enredado el sinfín de relaciones y personas que tienen que entrar a formar parte de esa historia más amplia que nuestros propios pasos. Una felicidad real y verdadera no resulta nada atractiva al cómodo habitante del sillón televisivo, ni al apoltronado inquilino de vidas ajenas, ni al usurpador de identidades incapaz de hacer valer su propia dignidad, ni al humillado por la vida que tiende a engradecer sus logros, méritos y consignas para ocultar su miserable realidad fracasada y poco valiente, ni al cobarde que se ve impedido por sus imposibilidades y se acurruca frente a los fantasmas inexistentes que genera el miedo como sombras en las paredes. Una felicidad real y verdadera, por lo que sea, parece ser que no es para cualquiera. ¡Qué injusta es en ocasiones la vida! ¡Qué insufrible la hacemos tantas veces! ¡Qué dura y áspera puede ser la palabra humana! ¡Qué incomprensible, que no insondable, la inteligencia de las personas con sus recovecos! ¡Qué cerviz tan estirada y orgullosa de sí misma!

Por eso entono un canto realista a los facilitadores, a los sencillos de corazón y a los que se preocupan de la vida de los demás. Por eso me he despertado hoy confiando que no hay nada mejor que el silencio de los complicados deseos y dar esquinazo a los malos pensamientos. Por eso alabo la experiencia del amigo que calla mientras hablas sin tener más que decir que un humilde “estoy a tu lado”, o tiene una palabra oportuna dos días después de la mencionada conversación. Por eso los facilitadores, frente a los que todo lo complican y todo lo envuelven, ponen luz, trazan respiraderos para los ahogados en sus propios pozos, oxigenan la decrepitud del mundo, saben tejer y remendar hábilmente lo que tiende a ser destrozado y despiadadamente tirado a la basura, y rescatan la dignidad de los perdidos y olvidados.

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