Desinstalando

Hace tiempo un maestro, muy querido por mí, me insistía en la necesidad de vivir en cierto modo desinstalados, sin excesivas amarras ni aprietos. Lo planteaba como requisito casi indispensable para la libertad, para la confianza. La lucha se debía librar entonces contra las seguridades y las certezas, para así moverse en un campo abierto en el que emprender el combate. Le gustaban las metáforas bélicas. En aquella época, no tan lejana, ya disfrutaba en discutir lo que decía. Porque por un lado me parece una estúpida quimera, una fantasía anodina y sin sentido ni sustancia la de plantear la vida abierta de semejante modo. Creo que su gran problema era cómo comprendía aquello de “negarse a uno mismo”, y el lugar que ocupaba el deseo como incómodo acicate del alma. Prefiero, decía entonces y escojo ahora, ver la libertad como la posibildad humana de atraparme, de cerrarme, de escoger y, por tanto, querer algo con especial ahínco, como condicionamiento propio, como la voluntad decidida por “influirme a mí mismo”. Cansado estoy de quienes plantean lo contrario y se hacen sus cuentas propias y manejan sus propias estadísticas mentales y baremos con intención de calcular lo incalculable, en lugar de disfrutar lo disfrutable. Los posibles no están para ser pensados, sino actuados.

Creo que a mis alumnos, de una u otra manera, les dejo claro que el misterio de la libertad está en nuestra capacidad para no dejarnos llevar por el miedo a ver nuestra propia historia. Les pongo el ejemplo de mi madre, a la que le encanta el café, y cómo un día decidí llevarla a uno de estos modernos lugares de múltiples cafés. Mi madre se apostó en la barra decidida a disfrutar conmigo este placer, como colofón a un paseo por Madrid. Cuando llegó el momento de pedir se sintió tan agobiada por las opciones, tan abrumada por las diferencias que se le quitaron las ganas de tomar café. “Hijo, yo sólo quiero un café. De los de toda la vida. De los que permiten hablar.” No nos interesan tanto las opciones, ni las aberturas de la vida, cuando la realización última y definitiva. Sólo esa esclavitud a la realidad nos puede permitir, de un modo u otro, ser felices. Lo que tenga que ser, será. Hoy, sin embargo, ya soy, ya es, ya eres. Y esto es maravilloso.

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