Aristóteles lo llamó algo así como energía, traduciéndolo a las bravas. Pero entiendo que tiene mucha razón, y que de alguna forma la mala traducción nos puede ayudar a comprender que aquellos que están dando vueltas y vueltas, de noche sin dormir y de día durmiéndose de sus tareas, a lo que no tienen, a lo que les falta, a lo que desean y no alcanzan, al todavía que resta fuerza al yo. Energía, que mueve y da vida, supone entonces comprender que la felicidad posible está, ahora mismo y no mañana, en lo que dispongo y puedo acoger. No sé si es cuestión de cantidad, torpemente presentado, cuanto de una calidad misma en el disfrute de la propia vida. Aquel “carpe diem”, aquello del momento, del ahora. Sin caer en las cerrazones del presentismo, sin perdernos en los futuribles y en las barajas de posibles.

Pensar entonces que hoy el más que puedo disfrutar es gozar y ser feliz con lo que tengo. Entonces descubrir que con poco, o incluso casi sin nada, podemos hacer felices a más de uno, o a alguien especial especialmente.

Hoy, porque es hoy y no mañana, no tengo derecho a malgastarme ni desgastarme con lo que no puedo controlar y con las circunstancias que no manejo. Hoy me exige que viva, y quiera vivir, que no me amedrente ni achante. Y mañana, ojalá, pueda decir lo mismo. Pero eso será mañana.

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