No debemos tener miedo de la ternura

En nuestro mundo las cosas son como son. Pronto aprendemos el lenguaje de los adultos y sus desmanes. Pronto aprendemos quién va detrás, quién delante, quiénes parece que son “dignos” de ciertas cosas y quiénes deben ser relegados a un discreto tercer plano -por no decir cuarto mundo- en el que hablar y ser escuchados se convierte en quimera. Pronto, demasiado pronto a juzgar por cómo veo a los más pequeños, permitimos que se escondan los detalles de ternura que preceden a las grandes obras, y el amor se vuelve motivo y razón para temer un profundo cambio y una radical transformación del mundo. El mundo que comienza en nosotros mismos, allí donde nace todo lo que construye y todo cuanto construye. El mundo que debemos llamar “nuestro” sin apropiárnoslo del todo, dejando margen ancho y abierto a la participación de otros. El mundo real, no el de los problemas sino en el de las personas. La ternura salvará el mundo. La ternura que despierta el amor de quien nos ama y el amor que nos brota ante quienes amamos. La ternura que nos obliga a mirar y contemplar a los pequeños y a cuantos sufren. La ternura que nos hace pequeños y grandes al mismo tiempo. La ternura que nos reblancede, nos modela, nos figura humanamente, nos sitúa como constructores de paz, hacedores de un mundo nuevo, de nuevas situaciones, de circunstancias renovadas. La ternura que nos dice quiénes somos, antes de trasparentarse en nuestras obras. La ternura que nos llevará donde no imaginamos.

Hoy, después de escuchar esas grandes palabras que dan inicio al Pontificado de Francisco, me reconozco más tierno que nunca, y más libre por ello que nunca, y más amante que nunca. Ser tierno con quienes acogemos, para que se encuentren en su propia casa. Ser tierno con quienes lloran, para que puedan compartir sus lágrimas. Ser tierno con quienes ríen para duplicar sonrisas. Ser tierno con quienes se tambalean o son zarandeados para que encuentren fortaleza. Ser tierno al modo humano, no de las películas. Ser tierno como expresión del bien, del corazón, de la sensibilidad que nos aproxima, de los esfuerzos por crear lazos, de la pasión que nos libera. Ser tierno como expresión misma de Dios encarnado. Ser tierno de forma gratuita. Ser tiernos porque la humanidad renovada tiene razones, criterios, toma opciones, da pasos, crea mundo, genera esperanzas. Ser tiernos porque necesitamos abrazar tanto como ser abrazados, amar tanto como ser amados, querer tanto como ser queridos, liberar tanto como ser liberados, sentir la debilidad del mundo tanto como sabernos débiles, respirar y latir tanto como apretar el corazón de otros y dar aliento.

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