La primera, saber que es un don. Se puede cultivar pero no nace del esfuerzo, ni de la voluntad, ni del deseo de tranquilidad, ni del reposo. La segunda, tener claro que no se parece en nada a la pasividad. Paciencia no significa dejar que las cosas sigan su rumbo, se muevan por sí solas, despreocuparse de la vida propia o ajena o de las circunstancias que las rodean. Tercero, sólo tiene sentido esperar con paciencia cuando algo se quiere mucho. Si no fuera importante, si no fuera clave, si no fuera nuclear no necesitaríamos esperar. Mantener entonces una actitud paciente ante la vida nos ayudará a soportar la carencia de lo que queremos en presente y ya, a moderar y orientar el deseo, a cultivar la vida en plenitud, a dilatar y ensanchar espaldas, corazón y criterios. Entonces reconoceremos, con más luz y con más horizonte, qué importante es aquello que las personas llaman felicidad y cómo se estaba gestando en lo pequeño.

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