Hagas lo que hagas

Supongo que también tú, amando o sin amar lo que haces, te has visto en una especie de callejón sin salida en el que hagas lo que hagas te sobrevendrá algo no deseable. Estás entonces alerta, te dispones a recibir el ¡zas! que te da la vida, la palabra que llega por el viento y que, como no sucede en otras ocasiones, ves venir atravesando el ambiente. Supongo, porque no soy un ignorante, que también otras personas se han sentido acorraladas en mi presencia. Pienso, como de costumbre, que todo eso que con claridad vemos que hacen los demás con nosotros, deberíamos pensarlo primero en las propias carnes. No sea que pequemos del exceso orgullo de formar individualmente una raza superior a toda la humanidad presente en el universo.

Si dices porque dices, si callas porque te reservas algo. Si decides esto será inconveniente, pero no será mejor cualquier otro antiplan. Si crees que lo bueno es bueno sentará mal, porque hay que aprender en la vida que lo bueno se somete y pliega ante la prioridad de las personas incluso convirtiéndose en malo. Te sientes entonces como ocasión propicia para que alguien descargue, hable sin filtro alguno, suelte lo que lleva acumulando, establezca en ti el punto de mira de sus afiladas y puntiagudas flechas, inyecte el veneno que a él le descompone interiormente. Te encuentras martilleado sin motivo aparente. Y éste es el error en el que caen los principiantes, por no haber pensado ni lo más mínimo. Creer que no hay motivo, ni razón, ni causa, ni elección. Que se da porque sí, como avatar de la historia, como sufridores encarcelados y arrinconados, como inocentes llevados al matadero. Dicen que fue simplemente por estar ahí, y proclaman entonces alterados la injusticia que los aqueja y les hace sufrir un poco. Son principiantes, por eso no hay maldad tampoco en ellos. Y no saben por ignorancia que realmente son unos privilegiados, que fueron elegidos en verdad por amor y por cariño. Que sólo los más cercanos, sólo los muy cercanos son capaces de entablar diálogo sin barreras con el sufrimiento de la otra persona. Que sólo por amor se es capaz de poner la otra mejilla, anticipar el momento en el que toca callar y respetar, acoger y enmudecer para seguir amando. Que sólo una mirada absolutamente comprensiva liberará del mal que aqueja el corazón sin dejar detrás de sí más culpa y una herida más interior y más profunda. Que sólo con quienes amas, de la mano de quienes estás viviendo, con las circunstancias hechas comunes, se llega a desear incluso no querer distanciarse ni un solo momento.

Lo pienso, como no puede ser de otro modo, de las relaciones humanas profundas. Y lo siento por quienes las desconocen. Espero que no sean profesores ni maestros, ni atiendan en su labor a otras personas, especialmente necesitadas, que lleguen a sus puertas. Los que no se conocen a sí mismos ni un poquito se verán siempre injustamente tratados sin caer en la cuenta de que también ellos son de carne y hueso. Espero que no tengan oficio importante de ningún tipo, en verdad. Porque toda presencia, en la que incluyo el trabajo como una más entre otras muchas, es directamente personal, estrictamente dialogal y relacional. Unas más que otras. Pero tarde o temprano, viviremos frente al otro, estaremos en su morada, habitaremos su tiempo como también otros entren a formar parte del nuestro.

Ojalá lo humano acoja, con humildad, que la libertad del “hagas lo que hagas” debe estar presidida siempre y anticipada siempre por el amor. Y ojalá calle silenciosa haciendo valer lo dicho en otras ocasiones más entrañables y maduras. Ojalá del “hagas lo que hagas” aprendamos la primacía de la persona, recuperemos pronto la recta mirada, incluso nos sintamos privilegiados. Pues eso, que pasemos del “hagas lo que hagas” recibido en pasivo a la oportunidad de decirle también a la otra persona que “hagas lo que hagas” seguiré a tu lado, andaré en tu presencia, te acogeré en la medida en la que debes ser acogida.

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