En la prisión me dabas fuerza

He hablado hoy con un preso, que fue aún más preso tiempo atrás. Ahora disfruta de vez en cuando de una libertad vigilada externa e internamente. No sabe decirme cuál de las presiones es más inquietante. Si la mirada de los demás, con sus juicios. O su propia mirada de indignidad. Según él la gente desconoce demasiado. Sin embargo a su memoria se escapan pocos hilos para atar sus muchos errores, aderezarlos convenientemente y ponerlos como alimento en el que reflejarse cada día. Lleva una prisión consigo, evitando que salgan a dominio público sus locuras internas y se afana impetuosamente por resistir a los ladrones de su futuro y a los agresores y violentos comentarios que él mismo se lanza. En su prisión no influyen determinantemente otros, salvo por sus ignorantes y facilonas palabras de ánimo y de esperanza. Su cárcel es mazmorra profunda, un zulo en un corazón que se le antoja lejano y remoto, como si no fuera del todo suyo, como si no quisiera su alojamiento. Mirarse a sí mismo es para él un mazazo peor que las sentencias del juicio. Se sabe rematado y moribundo que vaga fuera de sí. Y continúa luchando.

Su único consuelo proviene del amor. Como tratándose de unos barrotes que dejan entrar el aire y renuevan la penumbra cada atardecer, como aprovechando pequeñas grietas en las paredes por las que también se supo colar alguna rata, entró una vida diferente a la suya. Entre el frío de las largas noches y los mordiscos de las ratas algo comenzó a poner orden un par de horas al día en su interior. Un reconstituyente frente a la debilidad y la pobreza, una palabra opuesta al duro silencio, mano que arranca las soledades y arrastra con la fuerza de la inocencia.

Aunque lo haya dicho así, lo cierto es que pienso en cosas de lo más cotidiano. Carceleros y prisioneros a la vez de nosotros mismos en no pocas ocasiones. Censores y censurados que van al cine de su propia película. Juez y condenado, profesor y alumno, conductor llevado, caminante siempre peregrino, lector y escritor de la propia vida. Indiscutiblemente unidos. Y tú aportas, con tu presencia y mirada, el amor que todo lo ordena, que hace protagonista y libre, que convierte en dulce lo que ya era tierno y en inquebrantable la férrea presencia de siempre.

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