Baja la voz, por favor

Un “por favor” que convierte la orden y el lamento en una súplica. No por dejar de gritar, sino por bajar la voz, aprender a hablar bajito casi susurrando. Días de dolor de cabeza, días con preocupaciones en exceso, días con necesidad de sosiego y calma, días en los que discutir se vuelve más absurdo que de costumbre. Las palabras saben diferentes al salir de la boca con poco volumen. Tienen una fuerza variable. Nada nos indicó jamás que gritar significar tener más razón, más bien lo contrario. Sólo es posible darse a este arte en la proximidad y en la cercanía. Suprimiremos entonces aquellas conversaciones que van viajando de habitación en habitación, y quedará todo prácticamente en la mesa a la altura de la comida que alimenta. Dejaremos de lado incluso los argumentos. El tono bajo nos conduce también a mayor armonía, mejor cadencia, más delicadeza, mucha más ternura de la que empleamos habitualmente para dirigirnos unos a otros. Un nombre susurrado, por ejemplo,  No se habla bajo y rápido. El ritmo nos acompaña como descendiendo hasta tumbarnos relajadamente y entrar en el silencio, como si se tratara del siguiente escalón. Si hablamos bajito incluso llegamos a escucharnos, y prestamos atención a lo que pasa desapercibido. La voz y la imagen se unen mejor, también cuando miramos.

Con todo esto se demuestra que alzar la voz, sin gritar siquiera, sólo fomenta el ruido y la impaciencia, la prisa y la distancia, la falta de razón y de humanidad. Empujamos con nuestro ímpetu desvanece el diálogo y el amor de las palabras.

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