Esa marquesina de cristales transparentes viene a diseñar en medio del tránsito un no-lugar de los muchos que siembran los asfaltos. Las cabinas de los barrios ricos no son las mismas que las de los barrios pobres. Tampoco sufren el mismo desgaste. Los segundos tienen más vida y necesidad. Están preparadas para quienes no tienen flamantes coches con los que desplazarse cuando desean, y por lo tanto deben pagar con su pérdida de tiempo. A cambio deben aguantar el paso del tiempo, la dependencia de un volante ajeno. Así una parada se convierte en una pequeña isla con personas aferradas a la espera. Sin encuentro entre los náufragos que llegan a ella, sin preguntar cómo dieron en el desierto con éste oasis. En ellas, como son tan limitadas, nadie puede correr ni hacer prácticamente nada. Si te mueves un poco puedes perder tu autobús y ampliar la demora de tu destino.

Nuestros pasos vararon allí y miramos el reloj para tener presente el tiempo que estamos perdiendo y se esfuma como el humo del cigarro. Está permitido lo que en el autobús prohibirán minutos más tarde. Nadie habla normalmente salvo en grupos cerrados que se convierten en islas dentro de la isla. Tan cerca que se escuchan y pueden seguir sus conversaciones, sin saber de qué hablan exactamente. Da para conocer algo de la persona a la que seguramente no saludemos jamás y que volveremos a ver casi a ciencia cierta más de un día. Diálogos sin pudor, con burlas, o muy personales e íntimos conviven como frutos de la espera junto a la silencio de las soledades. Viajes que nos van despersonalizando a medida que dejamos de tratarnos como corresponde. Paradas que no nos llevan tan lejos como prometen y un tiempo excesivamente perdido que no se olvida de dar cuerda a las manillas de sus relojes.

Imagino una parada de autobús con una mesa circular para poder charlar, y en dar dignidad a ciertos no-lugares para que sean reconocidos como habitados por personas de mayor dignidad. Creo que más de uno haría de ese sitio un punto importante del día para jugar o charlar amigablemente. Allí, como comprenderemos, no podemos dejar de ser quienes somos en verdad, con nuestras historias y peculiaridades, con lo pasado y el porvenir. Pero se quedará en un simple sueño. Porque todavía muchos desean resguardarse en la ignorancia de los demás o ser incluso ignorados por otros. Parece más cómodo y mejor, aunque me temo que tanto “bienestar” paga el precio de la felicidad realmente humana.

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