La primacía de la persona

Aquello de “la persona es lo primero”  está tan repetido que me huele a que no nos lo creemos. Cuando socialmente aceptamos algo como básico y nuclear no hay que darle muchas vueltas. Como el buen maestro, que no tiene que mandar callar y atender a sus alumnos, o aquella pareja que mirándose narra su historia y ánimo al minuto. Si aquí y allá decimos que las personas son lo primero es porque, quizá y sólo quizá, no lo tenemos claro. Sobre todo porque viene acompañada de una ruptura habitual con su complejidad. Estoy sensible a la unidad de la persona. No sólo en aquella famosa disputa del alma y el cuerpo, sino en relación a sus muchas dimensiones y aristas. Decir que “la persona es lo primero” significa entonces alzar a la pirámide de todo -por eso es lo primero, no lo segundo- su vida entera, cuanto necesita para vivir como persona. Y no es cuestión de mínimos cuando está en juego su felicidad y su capacidad para amar, respirar alegremente, velar por la paz, aceptar el sufrimiento, involucrarse en un proyecto que transforme el mundo.

Escuchando la radio de mañana percibo cómo se recuren a fáciles, se sueltan contestaciones entre contertulios para ver quién gana una partida que afecta a demasiados niños, a sus padres, a la convivencia más cotidiana. Entiendo que no lo pueden hacer de otro modo. Pero en ocasiones me gustaría que se callasen de verdad aquellos que, con moral ramplona y de mínimos, no se atreven a poner sobre la mesa todas las cartas de las que disponemos para hacer felices a los demás. Me encantaría que se callasen, y sólo nos queda la opción de apagar el aparato, poner negra la televisión en un rincón, salir de los escenarios donde se vulgariza lo humano. “Humanizar” sería el verbo que, si fuera profesor de lengua, mis alumnos aprenderían a conjugar, el que pondría en los libros de texto más rudimentarios para que quedase grabado a fuego eternamente en la conciencia de quienes se dicen amantes de las letras. “Humanizar” como tarea para casa, empezando por sus propias familias. “Humanizar” como asignatura obligatoria en toda facultad que se precie, sea de la rama que sea. Porque aquella distinción falsa que hace de las física o la técnica algo poco “de humanidades” no comprendió todavía el origen de la universidad y su dimensión social o personal. “Humanizar” el amor. ¡Qué tragedia cuando se pierde el norte en el amor! “Humanizar” la religión, la política, la educación, la sanidad, los servicios de todo tipo. No hay otro camino, por mucho que se intente el progreso a base de comodidades. “Comodidad” no se parece a “humanidad” en nada; menos aún “bienestar” egoísta sin mirar al “hombre” o “mujer” que tenemos al lado. “Humanizar” como verbo común para todos los sexos y razas. Ni “hombreizar”, ni “mujerizar”, ni “masculinizar” ni “feminizar”. Tampoco “aniñar” o “adultecer”. Se trata, y a ver si nos enteramos de crear un símbolo que sustituya a los archiconocidos € y $ con sus feroces atributos para moder la vida de la gente corriente. Se trata de valorar el trabajo y la dedicación de las personas por sus caulidades, no por sus horas y sueldos. Se trata de volver al mirada al interior misterioso del corazón humano, y no llenar de escaparates las ciudades y los rostros. Detrás de cada máscara, una persona desborda la imaginación de quien le mira. Y sólo cuando escucha de verdad lo que tiene que decir, callando las palabras que la anticipan, el verbo “humanizar” se cumple. Hasta entonces seguiremos repitiéndolo una y mil veces. Hay que… Hay que… Sería importante… Haré lo que pueda por… Le prestaré más atención… Tendré en cuenta… No se me olvidará…

Hoy repito para mis adentros que para amar hay que “amar al prójimo como a uno mismo”. Y esto, dicho en la tierra del individualismo y de los intereses, debería ser capaz de sembrar mucho amor. Pero, amigo mío, qué duro es salir y dejar la penumbra para entrar en una claridad que no sea la de las pobres cerillas de algunas noches abandonadas. Qué duro es comprobar que aquellos que se presentan como adalides y caudillos del amor, fallan a la primera. Antes de amar hay que agradecer y perdonar. Y esto me recuerda que, precisamente esta semana, comencé pidiendo perdón por los fallos que iba a cometer. Algo que sólo se puede hacer cuando sabes que alguien te quiere, y que por encima de todas las cosas has encumbrado el verbo “humanizar”. Que no se trata de ser perfectos, sino de humanos. Y ojalá comenzásemos esta tarea sin mirar a quien tenemos a nuestro lado. Por mi parte, reconozco que siempre seré peregrino. En algo seguro que me equivoqué contigo, aunque sea porque sólo me lees, y te pido perdón. Siempre serás más importante que mis letras, aunque no te conozca. Más importante que mi sueño, aunque tú lo desconozcas.

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