Debate sobre el estado de los políticos

Precisamente hoy se afilan los cuchillos para despedazar el debate sobre el estado de la nación, y convertirlo en un chorizo inmenso de polémicas que van y vienen sobre el estado de los políticos. Es decir, que el tiempo de trabajo que nuestra democracia propone, defiende y diseña en el programa como reflexión profunda y búsqueda conjunta de soluciones entre todos nuestros gobernantes, se va a convertir por artes maquiavélicas en afrentas personales y entre partidos políticos. Los grandes ausentes serán nuevamente aquellos a quienes estos enseñoreados diputados dicen representar. Y me parecerá un tanto obsceno incluso que se citen cifras en lugar de personas, y unos y otros hablen sólo de la mierda que les toca escupir en la cara de otros o de los logros y éxitos que se van alcanzando.

En días como estos, si todavía somos inteligentes y no se han enturbiado todavía los corazones democráticos de los españoles, surgirán repetidas decepciones, cabreos y molestias. En español desde hace mucho tiempo tenemos abandonada la palabra “ira”, de donde proviene el adjetivo “iracundo”, que la tradición considera uno de los grandes males del hombre de todos los tiempos. Hemos olvidado que la ira lleva a la indignación, como si fuera su matriz materna, donde fue gestada y parida. Los indignados son iracundos. Los enojados son iracundos. Personas que quieren que esto cambie y sea ya, que no se pasen por alto las justas reclamaciones que se hacen desde la calle, desde las aceras, desde los corrillos de ciudadanos preocupados por la situación en que viven. Los políticos hablan de sí mismos y sus casos de corrupción. Y corromper la democracia es también hacer que periódicos, preocupaciones y problemas se centren en su casta. Los políticos deberían, y me consta que algunos así lo desean y lo hacen, hablar y solucionar problemas que afectan a todos. Y que hoy, dicho sea de paso, son de calado y van ahondándose causando mayor división, crispación, disfunción personal y social para atender unos por otros y ayudarse mutuamente. Los ciudadanos también deberíamos hablar menos de ellos. Y exigirles que hablen de todos. Los ciudadanos formados, que los hay por miles, no pueden olvidar tampoco la coyuntura en la que se encuentran sus conciudadanos, tampoco pueden limitarse a hablar de sí mismos y desde sus experiencias. Sobre todo aquello que sea positivo, ilusionante, esperanzador y real. Nada de imaginación, ni de palabrería.

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