Ahora que el día se ha callado

Ahora que el día se ha callado, con su profusión y mezcla de palabras, quedan los ecos de lo más importante. Siempre me ha cautivado la magia y la sinceridad del final de la jornada. Momento de algo más que un balance, momento para recibir la inercia que se avecina sobre nosotros e impedir que cualquier cosa forme parte de nuestro sueño sin dejarnos tiempo al descanso, como ladrón que ronda rugiente buscando presa. Es tiempo para saber guardar, para atesorar, para poner a buen recaudo, para afianzar y afirmar. Todo permanece en silencio en la soledad que trastoca el misterio de lo vivido y su permanencia y durabilidad. Por encima de todo siguen gritando el amor y el odio, como Catulo también sentía. No todo es dulzura. Tampoco en la pasión. Ni puede colapsarse el sabor plegándose a la amargura que nos puede haber deparado este tiempo, ya yaciente, ya vivido.

Esta oscuridad reclama luz por algún sitio, al igual que durante el día tanta claridad exige un espacio reposado donde no ser incomodado permanentemente. Tenemos necesidad de algo más continuamente, como hechos siempre a medias, sin mediocridades. En la noche se sentien, mientras se prepara o espera la nueva mañana que ya viene. ¡Cómo vendrá! ¡Estad preparados!

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