Tendrás razones para todo

Claro que sí. Hoy para esto, mañana para aquello. Y darme cuenta de esto no me hace poner un pie en el irracionalismo, sino todo lo contrario. La razón viene en ayuda del hombre siempre, según sus circunstancias, según sus decisiones, según su historia y costumbres. Un alidado así de poderoso ningún hombre puede darlo por mal compañero. Antes al contrario, resulta un privilegio verse dotado de este modo de guía y luz, a modo de conciencia personal que en lugar de inquirir y preguntar ofrece respuestas y potencia decisiones libres y consecuentes. La razón hace que las piezas encajen unas con otras, que se afilen esquinas molestas o que se templen gaitas. Sin sus razones nos volveríamos locos.

Y sin embargo las razones no pueden serlo todo, ni pueden sustentar la vida de nadie. Mejor en ocasiones es el silencio. Bendita palabra creada por la humanidad para hablar mirado y contemplar lo que no se puede decir. Mejor sin duda resulta traspasar las razones, o vivir más allá de lo que se puede enteramente pensar en todo momento. Y darnos cuenta de ello, que ya es una razón de por sí poderosa, sin que sepamos bien cómo se puede dar este metajuego de la existencia para el que es necesario salir de uno mismo. Razones, al final, y palabras, de nuevo, que nos quieren conducir con su debilidad a un mundo en el que no podamos estar solos. En el que la palabra no sea sólo la ruptura de la intimidad con uno mismo, ni vacíe la interioridad de nadie. En la que el silencio no sea sólo de quien escucha atentamente, sino de quienes comparten lo que aún está por ser pronunciado.

Me parece que si la humanidad se hubiera fiado exclusivamente de las razones estaríamos en manos de unos pocos que saben hablar temerariamente, que conducen por caminos a velocidad de autopistas, que no respetan señales ni dibujos ni indicaciones de ningún tipo. Si unos y otros atendieran sólo a sus propias razones nos explicaríamos no como homo sapiens, sino como seres irracionales. Habría perdido prestigio nuestro pensamiento, las ideas, los valores, los sentimientos incluso con su fondo de emociones, y la vida misma. Si todo fueran razones habríamos optado por sistemas coherentes de personas íntegras y todo sería en nuestro mundo ideología. Algunos así lo pretenden. Y sin embargo pasamos de largo de las razones, y seguimos viviendo, y aspiramos a vivir así por mucho tiempo, sin pensarlo todo, sin sufrirlo todo. Alegrándonos sin darnos razones de la alegría y sin analizar y escudriñar cada situación hasta el extremo. Sufriendo, porque sufrimos, sin querer olvidar lo que hemos vivido. Las razones nos acompañan, y seguirán haciéndolo por nuestro bien, sin tener la última palabra. Así podremos seguir siendo caprichosos y libres, audaces y felices, simpáticos hasta meternos en el corazón del otro y entusiastas de los sucesos más esperpénticos. Sin tantas razones para ser únicos, sin tantos motivos para no desalentarnos, sin explicaciones reiteradas sobre el amor que sentimos día a día, sin normas escritas en papeles que nos ofrezcan una y otra vez lo que quisiéramos que no se olvidase jamás. De entre las razones que deberíamos dejar pasar sin detenernos en ellas destacaría las que nos quiebran la vida, nos rompen por dentro, nos alejan de otros, nos ponen por encima de los demás. Es una razón muy poderosa, la de ser humano ante rostros humanos y personas libres, para no dejarse llevar tanto por las razones, ni querer tener razón en todo momento. La Razón con mayúscula no pertenecerá jamás a un solo hombre, quizá a la humanidad entera con un poco de ayuda que viene de su mismo origen y destino. Pero no a un solo hombre. Ni a ti, ni a mí, ni al otro. Dirás lo que quieras, pero no tengo razón en esto. Hay siempre más por contar que lo dicho hasta el momento.

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