Qué ciegos estamos

Hoy hago confesión de fe en mi propia ceguera. Han hecho falta muchas lecturas y relecturas. La literatura hace de la luz un típico tópico, y de la ceguera su antítesis. Pero ven más ojos cerrados, según algunos, que aquellos que sufren por no poder cerrarlos. Tan pronto encontramos la catástrofe de la ceguera en forma de novela de la mano de Saramago, como se nos hace presente una realidad muy diversa repasando el encuentro entre Jesús y aquel hombre tirado al borde del camino a las afueras de Jericó. Los personajes de Saramago lo tenían todo, bien ordenado y custodiado en sus maravillosas casas. El hijo de Timeo era un pobre mendigo, un orante de la vida, confesando su confianza en la existencia. Unos se quedan ciegos para ver, otros reciben la vista para que sean los demás los que aprendan a mirar de otro modo.

Me resulta muy iluminador, curiosamente, poder confesar la ceguera sobre todo aquello que no puedo ver. Nace en mí una súplica diferente, ante mí aparece un misterio impenetrable. Por mucho que abra los ojos servirá de más bien poco. Más bien tengo la sensación de quedar atrapado en estos sentidos que no muestran casi nada, ni siquiera del mismo momento en el que están activos. La vista necesita de la inteligencia, del corazón, del recuerdo, de los amigos. Para ver a pecho descubierto hay que estar más bien loco. ¿Quién desea abrir los ojos a la  pobreza y miseria del mundo, a las guerras y a los destrozos? Puede que sólo unos pocos. Y más allá, ¿quiénes son capaces de ver algo más cuando se encuentran sumidos en la penuria y en la injusticia? Aunque lo tengan delante de sus propias narices, sólo los verdaderamente locos. Por eso confieso hoy la ceguera. No por no ver el sufrimiento y el dolor, sino por no encontrar en ocasiones la felicidad que tengo delante. Aquella que nace del cariño, que nos vuelve tiernos. La que surge en el encuentro desprotegido, con la palabra cercana, con la mirada que ve más allá de lo que todos creen que está sucediendo. Quizá sólo eso, sólo la locura del amor que ha inundado a tantos y tantos a lo largo de la historia ha sido capaz de quitar el velo que llevamos puesto con sus torrentes de hermosura. Ya dije un día que sólo el amor es digno de mirar, y sólo la mirada que surge en el amor puede hacer algo parecido a contemplar toda la realidad sin recortar en partes, sin ceñirse a sus caprichos, superando el egoísmo. Para mirar así no son necesarios héroes temerarios ni revolucionarios líderes de masas. Hace falta, eso sí, más de uno. Quien mira y quien es mirado. Quien se deja mirar por ojos que no son los suyos y así es liberado de su propia esclavitud. La ceguera aparece cuando alguien pregunta qué quieres, y sólo puedes decir una cosa demasiado grande como para que explote en ese momento. La ceguera nace sobre el presente que se adentra paso a paso en el futuro. Sobre la vida, sobre la verdad, sobre la belleza, sobre lo importante. Otras cosas, más simples, no se merecen estar ocultas como en un tesoro enterrado en un campo, o permanecer guardadas y custodiadas por un mapa hecho pedazos y compartido entre varios. Aquello que es verdaderamente hermoso y puro no se puede ver, sin más, como tampoco se condecen grandes banquetes todos los días en esta Tierra tan nuestra, en esta tierra que somos.

Pero cuando te sientes ciego por algo, de algún modo puedes decir que estás cegado porque hay Luz. Lo otro es oscuridad. En la oscuridad vemos, pero vemos en negro.

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